lunes, 27 de agosto de 2012

Capítulo 6.

-¡Ah! Esa foto…- Colin intentó aguantar la risa.
-¿Cómo que “Ah, esa foto”?- Chelsea hizo un intento fallido de imitar la voz de Colin, al mismo tiempo que se acercaba más a la fotografía para poder inspeccionarla.
-Sí, es que bueno…- Ed tosió aposta, para contener las ganas de reír- Nunca nos dejabas la cámara, así que pensamos que, bueno, por una vez que la usáramos…- dijo seriamente, mientras Colin hacía pequeños ruiditos que indicaban que en cualquier momento, explotaría de aguantar la risa.
-Sois unos desgraciados- Chelsea negó con la cabeza.
En aquella foto, estaba plasmada la total idiotez de los dos adolescentes. Edward salía a la derecha, con la mano extendida hacia su diestra y estaba colocada de una forma en la que, gracias a un efecto óptico, parecía que éste estaba cogiendo entre sus dedos gordo e índice la cabeza de una mujer inocente que se encontraba sobre la plataforma por la que Chelsea tuvo que pasar dos meses atrás, la de la montaña rusa.  A parte de aplastarle la cabeza a una persona, la cara que había puesto el moreno para esa foto resultaba un tanto jocosa. Miraba perversamente a la mujer con sus penetrantes ojos azules, y la curva de su boca combinada con la postura de sus cejas, formaban una expresión maligna, tal y como si fuera el malo de una famosa película. Y, como en cada película, si hay un malo siempre tiene que haber un bueno, que esta vez interpretaba Colin. Él estaba situado a la izquierda de la captura, y se podía ver cómo en ese momento, él era el que hacía la fotografía; su mano derecha estaba tan cerca del objetivo que se podía apreciar perfectamente que esa era la mano que sostenía la cámara. En cuanto a su posición, la mano restante estaba echa un puño y se colocaba sobre su cadera. Su mirada se dirigía hacia las estrellas que esa noche adornaban el firmamento y sus ojos entrecerrados mas los morritos que puso hacían la expresión de un superhéroe en un intento de parecer sexy.
Chelsea intentó enfadarse porque, aunque no le gustara nada esa característica suya, no se fiaba mucho de la gente para dejar las cosas de tanto valor para ella si no sabían usarlas, además, ya les había avisado a sus dos mejores amigos de que aquello no la agradaba. Pero esa fotografía la superaba.
La chica empezó a reír, sin poder contenerse. Sus amigos se sorprendieron un poco de su reacción, ya se habían preparado para la regañina que supuestamente ella les iba a echar a continuación. ¿Qué sensación más placentera en esta vida que chinchar a la rubia? Por la parte egoísta, les molestó un poco que se lo tomara bien. Por otra, se alegraron que no tener que pasar por la parte en la que ella se enfadaba con ellos y dejaba de hablarlos por unos veinte minutos. Como ella rió, los dos chicos se dieron el capricho de hacerlo también, a riesgo de que a su amiga le molestara que ellos lo hicieran.
-¿No habías borrado la foto, imbécil?- Ed le pegó una colleja a Colin cuando se les pasó un poco el ataque de risa a los dos. Ella todavía seguía riendo.
-Pero vamos, ¿de verdad te creías que sabía usar esa cosa? Mira qué de botones tiene.
-Si me hubieras dejado a mí, fijo que la borraba.
-Claro, como eres más listo que yo…
-Ahí le has dado.
-Ironía, Ed. Ironía.
-Pero… ¿por qué…? ¿Por qué esto?- la chica agitó la foto, con una sonrisa divertida.
-Nos aburríamos, ¿vale?- rió Ed- Además, así ya tienes un buen recuerdo de nosotros.
-Como si me faltaran- Chelsea rodó los ojos-. Lo colgaré encima de la chimenea.
-No tienes chimenea.
-Ya lo vas pillando.
A la chica se le antojó conservar la foto, estaba segura que en un día gris, bastaría con mirarla para que su ánimo subiera. Ella pensaba en ponerla en su pared junto a las demás fotografías, pero los dos muchachos se opusieron ante su opinión diciendo que esa foto merecía un lugar más eminente. Casi se ofende ante esa sugerencia; ¿acaso querían decir que un trozo de papel donde salían ellos dos haciendo el tonto, valía más que las demás capturas que ella había sacado con esfuerzo e imaginación? Pero ellos se dieron cuenta y rápidamente añadieron que no era por la fotografía en sí, si no por “el valor sentimental”.   
-Sí, sí. Excusas- rió Chelsea mientras volvía a depositar todas las fotografías en el interior del sobre.
-Pues con la tontería, ya hemos llegado- dijo Colin, al avistar la casa de Juliet a pocos pasos.
-Genial.
Se acercaron hasta el umbral de la puerta de la casa de la chica, y llamaron al timbre. Era extraña la manera en la que esa melodía ponía nervioso inmediatamente a Colin. No porque el sonido le irritara, sino porque ya lo tenía relacionado con ver a Juliet y aunque ya llevara dos años pasando por esa situación, aún sentía lo mismo que la primera vez que vino a buscarla a su casa; inquietud y mariposas.
-Hombre, chicos- el padre de Juliet abrió la puerta.
-Hola señor Harrison, ¿podemos pasar?- preguntó Chelsea con una sonrisa.
-Claro, adelante- el hombre se retiró de la puerta, dejando así un hueco por donde ellos pudieran entrar-. Estaba preparando unas galletas- dijo con voz risueña, limpiándose las manos en un pequeño delantal azul que llevaba atado sobre la cintura.
Al señor Alan Harrison le encantaba la hostelería hasta el punto en que soñaba con abrir su propia pastelería algún día. Desgraciadamente, por ahora tenía que conformarse con su trabajo actual, no tenía el dinero suficiente como para todos los gastos que ese afán requería. Al menos podía hacer aquellos dulces en su casa, como hobby.
-No pierde el tiempo, ¿verdad?- Edward sonrió, al mismo tiempo que le echaba un vistazo a la decoración de la casa.
-Hijo, hay que saber aprovechar cada segundo que pasa. Mañana mismo puede entrarte un cáncer y te darías cuenta de que has malgastado tu vida- dijo Alan.
-Ahora me ha metido miedo- Ed introdujo las manos en sus bolsillos. Ese gesto ya era característico del chico.
-Por cierto, ¿está Juliet en casa?- dijo Colin, con timidez.
-Ah… Claro. Está en su habitación.
Entre Alan y Colin había bastante tensión. A Alan siempre le había caído muy bien el novio de su hija, ya que ella le hablaba bien de él y el muchacho sabía cómo manejarse con los padres de sus novias, pero todo cambió cuando Alan se enteró de que Colin había dejado a Juliet encinta. Él pensaba que había destrozado la adolescencia y la vida de su hija, pero lo que él no quería aceptar es que ahora, Juliet era incluso más feliz que antes. Además, el hombre secretamente valoraba que el chico no huyera como cual cobarde de los problemas, sino que los afrontara y estuviera dispuesto a formar una familia a tan temprana edad. Pero que le hubiera hecho eso a su hija, era algo que se veía incapaz de perdonar.
-Gracias- el rubio hizo una incómoda sonrisa y se dirigió a las escaleras para subir a la planta de arriba, segunda puerta a la derecha. Ya sabía de memoria cuál era el dormitorio de Juliet.
Ed, tan campante, estaba dispuesto a seguir a su amigo por las escaleras, pero antes de que pudiera avanzar mucho, Chelsea le agarró de la muñeca para que se quedara con ella. Quería dejar a Colin y Juliet en la intimidad; sabía que si Ed subía con ellos, lo iba a fastidiar todo.
-¡Bueno…! Nosotros le ayudamos a hacer las galletas, si le parece- sonrió excesivamente Chelsea, con un tono especial para que Ed se diera cuenta que ahí arriba, él sobraba.
-Claro, venid a la cocina- Alan se dio la vuelta y caminó hasta la cocina. Mientras él no miraba, la chica aprovechó para retener a Ed.
-Escucha- le susurró, cogiéndole de los hombros-, Juliet y Colin quieren intimidad, así que mejor nos quedamos aquí abajo un rato, ¿vale? Ya bajarán ellos cuando quieran estar con gente.
-De acuerdo- dijo Ed, en el mismo tono que ella.
-¿Venís, chicos?- gritó Alan desde la cocina.
-¡Ya vamos!- respondió Chelsea, avanzando hacia donde estaba el señor Harrison mientras agarraba a Ed de la muñeca para guiarle.

Colin paró en la puerta del cuarto de Juliet para comprobar si estaba ahí, procurando no hacer mucho ruido. Ella se encontraba de espaldas a él, sentada en la silla de su escritorio que estaba colocado debajo de una gran ventana por donde los débiles rayos de sol que atravesaban las grises nubes, traspasaban el cristal. Juliet tenía la mirada fija en un libro que estaba abierto sobre la mesa, aparentemente estaba muy concentrada en su contenido y de vez en cuando susurraba cosas por lo bajo, como si intentara memorizarlas. Colin sonrió al ver esa imagen.
Antes de entrar a la habitación, escondió el peluche que compró a Rosie aquel día tras su espalda y se acercó sigilosamente hacia ella, intentando que sus pasos hicieran el menor ruido posible para no ser descubierto. Una vez estuvo justo detrás de ella, agachó su cabeza hasta que su boca quedó a pocos centímetros de su oreja.
-Bú- dijo éste, esperando que ella se asustara.
-Hola, Colin- le dijo ésta para su sorpresa, sin despegar la mirada del libro.
-¡Mierda!- se quejó Colin- ¿Desde cuándo sabías que estaba ahí?
-Ah, Jay, Jay…- Juliet negó con la cabeza- No sabes hacer las cosas silenciosamente. Tendría que darte unas clases algún día de estos.
-Ah, Marie, Marie…- Colin la imitó- El problema es que tú tienes un oído muy agudo.
-Sabes que no me gusta que me llames por mi segundo nombre, Jay.
-Dejaré de hacerlo si tú lo haces también, Marie.
-Vale, para ya- rió Juliet.
Colin torció la espalda para así poder abrazar a su chica por detrás, apoyando su cabeza sobre su hombro derecho. Mientras, sujetaba al peluche entre sus piernas.
-¿Estabas estudiando?- dijo Colin al ver que aquel libro tenía fórmulas matemáticas.
-Ahá. ¿Crees que si estudio mientras estoy en estado, Rosie saldrá más lista?
-¿Estudiabas por eso?- rió, y ella lo negó agitando la cabeza- Quizá luego aborrezca los exámenes.
-¿Tú crees?- dijo, empujando al libro hacia delante con una mano, entrándole grima- Entonces lo dejo por hoy.
Colin paró de abrazarla y dio unos pasos hacia atrás, cogiendo al osito de entre sus piernas y poniendo las dos manos en su espalda para esconder el peluche. Rezaba por que no lo hubiera visto cuando entró en la habitación. Si lo descubrió a él, ¿por qué no al oso?
-¿Qué pasa?- dijo ésta, que giró su silla para quedar justo en frente de Colin.
El chico no lo pudo evitar y desvió la mirada al vientre de Juliet. Qué ganas tenía de tener ya a su hija en sus brazos.
-Tengo una sorpresa- esbozó una de sus mayores sonrisas, devolviendo la vista a los azules ojos de la chica.
-¿Qué es? ¿Dulces? Dime que me has traído chocolate. ¿O es abstracto? Son buenas noticias, ¿verdad?- Juliet se impacientó, y él se rió de su reacción. Le encantaba cuando se ponía así.
Lentamente, para inquietarla más de lo que ya estaba, fue sacando el osito de peluche de detrás de su espalda. Juliet observaba silenciosamente cada movimiento que hacía Colin, y cuando éste descubrió por completo al peluche y lo sujetó con las dos manos delante de ella, analizó cada detalle del osito. Él se lo tendió, y ella lo cogió sin la más mínima prisa. Apoyó al peluche sobre su regazo y lo examinó. Era bastante blando, y tenía pelo blanco muy suave. Con su dedo índice, repasó las letras rojas donde ponía “Rosie”, mientras Colin contemplaba con una sonrisa las acciones que hacía Juliet.
Entonces, ella levantó la cabeza y miró directamente a los ojos de su novio. Él pudo ver que los ojos de la chica estaban húmedos, acuosos y brillantes. ¿Iba a llorar? Esperaba que si lo iba a hacer, que fuera de felicidad. Cuando una lágrima resbaló por su mejilla, se vio obligado a preguntar. Si lloraba de alegría, ¿por qué no sonreía?
-¿Juliet?- Colin borró su sonrisa por completo y ella rompió a llorar, escondiendo su cara entre las manos.
Rápidamente, se arrodilló en el suelo cerca de la chica, apoyando las manos sobre sus piernas y buscando sus ojos con desesperación. ¿Por qué lloraba? Ella no era de las débiles, sino al contrario. Tenía un carácter muy valiente y era una chica muy fuerte, nunca le había mostrado a nadie su lado frágil. El chico se asustó, ya que nunca la había visto llorar y hacerlo no era una de las cosas que más le agradaran. Por cada lágrima que soltaba, el corazón del muchacho se partía en mil pedazos, y ya estaba prácticamente hecho polvo. Tenía ganas de abrazarla y calmarla de cualquier cosa por la que ella derramaba sus lágrimas, pero estando ella sentada en una silla y él arrodillado, no encontraba la posición adecuada.
-Colin- dijo ésta, intentando controlar sus sollozos-. Tenemos que hablar.
Un escalofrío recorrió las venas de Colin. Una sensación de miedo le dejó congelado, sin ser capaz de poder responder a la situación. Esas palabras durante una relación nunca eran buenas, y no tenían por qué serlo ahora. ¿Pretendía cortar con él? ¿A esas alturas? ¿Cómo tenía tan poco corazón de hacerlo justo en el momento en el que faltaban pocos días para que diera a luz? ¿Pensaba dejar a su hija sin padre? Y él no solo se preocupó por el bebé; los mejores momentos de su vida habían sido los que había pasado con ella. Si todo eso terminaba ahí, él se vería incapaz de seguir su vida. No sin ella.
Juliet se levantó de la silla, aún ocultando su cara, y se sentó en su cama, dejando al peluche justo a su lado. Colin la siguió y se sentó a su derecha, totalmente alerta. Ella tenía la mirada gacha y con las dos manos, se acarició el vientre, donde Rosie se alojaba. El chico observó sus movimientos.
-Colin, yo…- dijo ella, al fin. Suspiró profundamente con los ojos cerrados y los volvió a abrir para mirar a los de su novio- Yo… Tengo miedo.
En la parte más profunda de su ser, la cual no aceptaría nunca en su vida, Colin se alivió de que no fuera una ruptura. A pesar de ello, le entró curiosidad sobre a qué tenía miedo la chica y enseguida se sintió protector con ella, como si fuera el único que pudiera protegerla del mundo.
-Miedo… ¿a qué?- dijo él con voz tranquilizadora mientras acariciaba la pierna de la chica.
-Miedo al parto.
Ahí fue cuando él sintió impotencia. Él podía ayudarla perfectamente a otras cosas, pero en el parto no podía hacer nada para quitarle el dolor y el sufrimiento.
-¿Y si hay complicaciones? ¡No sé si aguantaré bien el dolor!- las lágrimas volvieron a caer de sus ojos- ¿Sabes que puedo morir si hay complicaciones graves? ¡¿Lo sabes?! ¡Lo he leído!
-¡Juliet, Juliet!- Colin le cogió la cara con las manos- ¡Todo va a salir bien!, ¿vale? No vas a morir, ni lo pienses. Todas las mujeres han pasado por ahí, tú no vas a ser menos.
-¡Pero compréndeme! Eso será demasiado para mi, demasiado dolor y… ¿y si me desmayo? ¿Y si me desmayo y Rosie no puede salir bien? ¿Y si me tienen que hacer una cesárea y…?
-Yo estaré junto a ti cuando pase, e intentaré ayudarte a sobrellevar el dolor.
-¿Sobrellevar el dolor? ¿Qué piensas hacer? ¿Cantarme una nana mientras yo estoy…?- paró de hablar. No quería ni imaginarse la escena- ¡Vamos, Colin! No digas estupideces.
Si por él fuera, se cambiarían los papeles y él cargaría con todo el dolor y la presión. Pero desgraciadamente, era imposible.
-Prometo hacer todo lo que esté en mi mano. ¿Crees que a mi me gusta que sufras de esa manera? Te ayudaré en lo que sea posible.
-¿Pero y si…? ¿Y si es prematuro?- se alteró- ¿Y si cuando rompa aguas no estoy con mi padre y él no responde a mis gritos? ¿Y si no estoy contigo cuando suceda?
-Eh, eh- Colin intentó tranquilizarla-. Yo voy a estar contigo, ¿vale? Si es necesario, me quedaré aquí junto a ti hasta que llegue el momento. Si a Alan no le importa, claro, pero creo que será comprensivo en estos casos.
-¿Me lo prometes?- musitó ella.
-Te lo prometo- dijo antes de abrazarla-. Estaré contigo- susurró en su oreja.

-Fabuloso. Simplemente, fabuloso- dijo Chelsea, intentando sonar seria.
Ed dio una vuelta sobre sí mismo, sujetándose las puntas del delantal como si fuera un vestido de gala de una princesa de cuento. Cosa que hizo que Chelsea empezara a llorar de la risa.
El señor Harrison le había pedido a Ed que se pusiera un delantal si no quería ensuciarse la ropa, pero éste se había negado unas cuatro veces ya que el que éste le ofrecía era el de su mujer, de color rosa y con corazoncitos diminutos esparcidos por todo el mandil. Chelsea había sido más rápida y había cogido uno de rayas rojas, pero por más que Ed se lo pidiera, ella se negaba a cambiárselo. No le vendría mal echarse unas risas.
-¡Al fin te lo pones, Ed!- Alan salió de la despensa con dos bolsas de harina- Estás adorable- ese comentario hizo que la rubia casi se tirara por el suelo de la gracia que le producía.
-Gracias, Alan. Esa era mi intención- dijo Edward con voz afeminada.
-Pues podemos empezar… En cuanto Chelsea quiera- dijo Alan, poniendo la harina sobre la encimera.
-Sí, sí- dijo ésta, aún riéndose. Se aclaró la garganta-. Comencemos.
-Bien, primero hay que mezclar el azúcar, el huevo y la mantequilla. Esperad, voy a por un bowl.
-¿Alguna vez has hecho galletas caseras?- preguntó Chelsea, al mismo tiempo que se recogía el pelo en una coleta alta.
-La verdad es que no. Pero nunca es tarde, ¿no?- respondió Ed.
-Sí, eso dicen.
-Vale, ya estoy- apareció el señor Harrison-. Toma, tú ve mezclando ahí las cosas, Chelsea. Tú, Ed, pon aquí la harina y la sal.
-¿Harina y sal? Menuda mezcla.
-Tú calla, que él es el que sabe.
-En eso tienes razón.
Los dos amigos se pusieron a hacer lo que el padre de Juliet les había mandado mientras él preparaba el horno. Chelsea y Alan mantenían una conversación en la que Ed no participó porque estaba demasiado metido en sus cosas. Se le ocurrió la idea de coger la bolsa de harina y tirársela a su amiga encima para animar un poco la cosa, pero prefirió no hacerlo ya que ella pediría venganza y acabarían los dos ensuciando por completo la cocina de una casa que no era suya. Se puso en la piel de Alan, y no le gustaría que dos adolescentes le pringaran la cocina de harina. Aunque claro, si solo le manchaba un poco la cara a Chelsea, no iban a ensuciar nada…
Ed cogió un poco de harina con el dedo y se la untó a su amiga en la mejilla derecha.
-¡Ah! ¿Qué haces?- gritó Chelsea.
-Decorando tu cara.
-¿Estás mal?- la chica recibió otro poco de harina en su mejilla izquierda, pero esta vez no había sido Ed- ¿Señor Harrison?- rió. Ese hombre aún tenía espíritu adolescente.
-Lo siento, ha sido Edward que me ha dado envidia- Ed y Chelsea empezaron a carcajear.
-Pues ya veremos cómo termina la cosa.
La rubia cogió con su dedo índice un poco de la masa que hace pocos minutos estaba mezclando. El doble de asquerosa que la harina.
-Uy, Ed. Te has manchado un poco la cara.
-Eh, vale, que haya paz- el moreno se retiró, extendiendo las manos hacia ella, mostrándole sus palmas- ¿Qué hacemos ahora, señor Harrison?
-Edward, ¿te estás escondiendo de Chelsea detrás de mí?
-¿Yo? Tsé. Que esté detrás de usted y me esconda de Chelsea, no significa que me esté escondiendo de Chelsea detrás de usted.
-Lo que acabas de decir no tiene ni pizca de lógica.
-Estaba siendo sarcástic… ¡Ah! Ven aquí, bruja. ¿Quieres pelea?- Chelsea le volvió a poner un poco de masa en la cara y Ed, bromeando, exageró las cosas más de lo que eran, haciendo que los dos restantes se echaran a reír.
-¿Sabéis? Esto es más divertido que hacer galletas con mi hija. Ella siempre dice que ya soy mayorcito para estas cosas.
-¿En serio? Ella no te valora- dijo Chelsea, cambiando su alegre sonrisa por una triste y volviéndose a centrar en mezclar la masa-. No sabe lo que gente como yo daríamos por simplemente tener un padre- hizo una mueca.
Alan no sabía la historia del padre de Chelsea, así que miró confusamente a Ed, quién le negó con la cabeza. No iba a hablarle del tema en ese momento.
-Bueno, ahora hay que juntar la harina y la sal con la masa- Alan rompió el hielo. La situación se había vuelto incómoda.
-¿Y después?
-Ponerlos en los moldes y al horno- explicó Alan.
-Entonces ya hemos terminado, prácticamente- dijo Chelsea.
-Efectivamente.
Siguieron las instrucciones del señor Harrison y al fin metieron las galletas al horno. Para la espera decidieron sentarse un rato y se dirigieron al comedor, donde se sentaron alrededor de la mesa mientras Alan elogiaba el buen trabajo que habían hecho los chicos.
-¿Cómo es que huele tan bien?- interrumpió una voz femenina.
Juliet y Colin entraron en el salón, olisqueando el buen olor de las galletas que parecía que ya se había difundido por toda la casa y se sentaron junto a ellos.
-Hemos estado haciendo galletas- sonrió Ed.
-¿Galletas? ¿De qué?- dijo Colin.
-De galletas.
-Sin ningún sabor especial- zanjó Chelsea.
-Son mis preferidas- sonrió Juliet.
Alan se molestó un poco al ver que Colin la tenía cogido de la mano, pero rápidamente intentó borrar ese pensamiento de su mente. Tenía que acostumbrarse a ver esa imagen.
-Por cierto, Ed- dijo el Colin-. Bonito delantal.
-No había más, ¿vale?- la voz de Ed se camufló por las risas de los presentes.
-Te creo, te creo- rió Colin, y un pitido repetitivo empezó a sonar desde la cocina.
-Es el horno, ya están las galletas- dijo Alan, levantándose de su asiento.
-Voy con usted- se ofreció el rubio. El señor Harrison se quedó un poco serio, pero acabó asintiendo. Al fin y al cabo, era su nuero.
Alan y Colin fueron a la cocina en completo silencio. La tensión aumentaba ahora que estaban los dos solos, y ninguno se atrevía a hablar. Pero Colin había ido con él por un motivo, y quisiera o no tenía que decírselo. Por Juliet.
El padre de la chica se puso los guantes de cocina para no quemarse y abrió el horno para sacar la bandeja en la cual las galletas se habían horneado. El delicioso olor de dulce casero llegó a la nariz de Colin.
-Eh… señor Harrison- le llamó el chico.
-Dime, Adams- respondió éste, poniendo las galletas en un plato.
-Me gustaría decirle una cosa.
-Adelante- dijo, sin mirarle a los ojos.
-Verá, es que…- no se había preparado las palabras exactas, e improvisar no se le daba demasiado bien- He estado hablando con Juliet y… Bueno, sé que a usted no le hago mucha gracia pero ella me ha pedido que me quede aquí. Juliet tiene miedo al día que de a luz y se preocupa de que yo no esté con ella en el momento en el que suceda, y me preguntaba si a usted le importaría mucho que yo me quedara algunos días aquí para cuidar de ella, al menos hasta que Rosie venga al mundo. Sé que es mucho pedir, pero ese es uno de los pocos miedos que ella tiene a todo esto y yo soy capaz de quitarle. Podrá comprender que al dolor físico no le puedo hacer nada.
En el fondo, Colin sabía que el señor Harrison sería comprensivo y al menos no dejaría que su hija pasara miedo si aquello estaba en sus manos. Pero el silencio de Alan hizo que Colin se replanteara la decisión que el hombre iba a tomar.
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El capítulo seis terminado. Es el más largo de todos los que llevo, espero no se haga pesado. 
Por cierto, si hay nuevas lectoras o gente que me quiere agregar al tuenti, aviso de que hay dos Amber Fletcher. YO ERA LA PRIMERA FUE ELLA LA QUE VINO DESPUÉS AJSNJKASD nah, me da igual que se llame así ella. El caso, para diferenciar, yo soy la que pone que es de Madrid, ¿vale? Gracias por leer *-*

viernes, 17 de agosto de 2012

Capítulo 5.

Al fin, Liam pudo descifrar el color de sus ojos, ya que la tenía justo en frente. La primera vez que intentó mirarlos, estaban escondidos tras su pelo. La segunda, simplemente no los tenía abiertos porque estaba desmayada. No había tenido oportunidad de observarlos hasta en ese momento.
Verdes, eran verdes.
-Claro, por qué no- le dijo éste a la rubia, que esperaba su respuesta con un poco de vergüenza ya que todos los amigos del chico tenían la mirada puesta en ella.
Liam giró sobre sus pies para hablar con la chica que aún no le había dicho su nombre. Tenía curiosidad por saber qué quería de él, pero Chelsea aún no habló. Si le daba corte decírselo a solas, ¿cómo se lo iba a decir si sus amigos estaban observando con lupa cada movimiento que ella hacía? Liam se percató del problema y volteó la cabeza para mirar a sus amigos, quienes entendieron enseguida que ellos estorbaban.
-Ya nos vamos, ya nos vamos- Louis alzó las manos.
-Vayámonos, aquí no nos quieren- Harry agachó la cabeza y Niall le dio unos golpecitos en el hombro, como consuelo.
-No montéis el drama ahora- se quejó Liam, aunque con un tono de voz divertido. Chelsea esbozó una tímida sonrisa, que intentó esconder mirando al suelo.
Mientras ellos se iban, Liam les seguía con la mirada, para que ni se les ocurriera acercarse de nuevo. Los conocía demasiado bien, y sabía que tenían intención de escuchar lo que ella le dijera a continuación.
Cuando comprobó que estaban lo suficientemente lejos, volvió a posar su mirada en los ojos de Chelsea, invitándola a hablar. Ella se puso un poco nerviosa. Definitivamente, no se le daban bien estas cosas.
-Bueno, eh… yo…- ahora que tenía que hablar, la lengua se le trababa. Hizo una pausa, cogió aire y miró a Liam a los ojos- Yo quería pedirte perdón- dijo al fin.
-¿Pedirme perdón?- se extrañó el muchacho.
-Si, bueno…- Chelsea movió las manos, como si haciendo esos extraños movimientos le fueran a salir las palabras- Perdón porque me agarré a ti sin conocerte y para colmo me desmayé mientras me abrazabas. Sé que fui una carga para ti hasta que vino toda esta gente a sacarnos de ahí, pero en esos momentos no sabía cómo actuar- dijo con fluidez, quitándose un peso de encima.
-No es necesario que me pidas perdón- le quitó importancia-. Comprendo que no supieras cómo reaccionar, la situación era muy crítica- se compadeció Liam-. De cualquier manera, no tienes que sentirlo- sonrió, provocando que ella lo hiciera también involuntariamente, aunque de forma ligera.
-Igualmente, te agradezco mucho que…- empezó Chelsea, pero unos gritos provenientes de fuera de la cinta policial la hicieron callar.
-¡¿Cómo que no nos deja entrar?!
-¡Oiga, mi hermana está ahí dentro! Casi se mata, ¡¿y no me deja verla?!
Aquellas voces, que hablaban a base de gritos, le eran muy familiares a la chica. Pero… ¿su hermana? ¿Cómo que su hermana?
Antes de que ella pudiera reaccionar, Liam alzó su mano y con su dedo índice señaló a un punto concreto detrás de la chica.
-Creo que te buscan- comentó él.
Chelsea se dio la vuelta y buscó con la mirada el lugar al que el chico señalaba. No tardó mucho en encontrarlo, ya que un corro de guardias, seguratas o lo que fuera que era esa gente que vestía con el mismo traje, se arremolinaban en la misma zona, cerca de la cuerda que los aislaba de los curiosos. Al parecer, estaban discutiendo.
-¿Hablamos luego?- la voz de Liam la sorprendió, ya que se había quedado embobada mirando hacia donde él había señalado minutos antes. No se esperaba que él siguiera ahí, esperándola.
Ella volvió su vista hacia Liam de nuevo, que llevaba pintada en la cara una leve sonrisa. Que estuviera siempre sonriendo, le ponía un poco los pelos de punta.
Se entretuvo mirando el reflejo de las luces de la feria en los ojos del chico. Estaba por sacar la cámara de fotos para hacerle una, pero, ¿la tomaría por loca? Y la forma en la que se habían conocido ya era rara de por sí, no quería asustar al chico más de lo que lo había hecho anteriormente. Agarrarse a él… ¿a quién se le ocurriría?
-Solo si te apetece- dijo Liam, devolviendo a Chelsea al mundo real.
-¿Eh? Sí, claro. Lo siento, es que…
Y una vez, más, la rubia fue interrumpida.
Unos fuertes brazos la envolvieron por detrás, dándola un fuerte abrazo. Al principio se quedó un poco confusa, con los ojos como platos y la boca abierta, no se lo esperaba para nada y después de lo que acababa de pasar, los sustos no eran su fuerte. Pero una grave, suave y aliviada voz le habló al oído.
-Chelsea, estás bien…
Nada más oírlo, se dio la vuelta rápidamente y se tiró a los brazos de Ed, quien la correspondió apretándola contra su pecho.
Cuando vio que los vagones se empezaban a salir de los carriles, Ed pasó muchísimo miedo, quizá incluso más que Chelsea. Pero ella era su mejor amiga y, si le hubiera llegado a pasar algo, no hubiera podido cargar con el sentimiento de culpa durante el resto de su vida. Una y otra vez repetía en su cabeza que debería haber subido con ella ya que él era el único de los dos que podía, pero ni mucho menos se había esperado que pasara semejante cosa. Se alegraba de poder tenerla entre sus brazos en esos momentos en vez de tener que desesperarse en la sala de espera del hospital.
-Rubia.
Atendiendo a su llamada, Chelsea levantó un poco la cabeza del hombro de Ed y se encontró con Colin, quien la sonreía tiernamente mostrando sus perfectos dientes. Ella se quedó observándole, con cara inexpresiva, pero cuando éste extendió los brazos al aire, no lo dudó ni un momento. Sonrió como si le llevara la vida en ello, soltando definitivamente a Ed y se avalanzó al rubio, abrazándolo, y él aprovechó que tenía las manos en su espalda para acariciarla.
-Bueno- suspiró Ed, poniendo las manos en jarras-, pues me alegro de que… ¡Hostia!
Edward se dio la vuelta, pero no se esperaba que alguien estuviera detrás de él y tan cerca, y pegó un salto. Liam le miró extrañado. ¿Hasta ahora no se había dado cuenta de que él seguía ahí?
-Me has asustado- se quejó Ed. Al ver que el chico miraba a Chelsea, Ed se alarmó-. ¿Y tú quién eres?- dijo curioso.
-Oh, yo me senté junto a tu hermana en el vagón y bueno, la ayudé para que no se cayera- explicó-. La tuve que sujetar porque se había desmayado.
-¿Que te qué?- Edward se alteró y miró a Chelsea, que recibía un beso en la frente por parte de Colin que concluía las muestras de afecto.
-Me desmayé, o eso dicen- dijo la rubia encogiéndose de hombros.
-Madre mía, qué chica…- rió Ed.
Estaba dispuesto a darle un abrazo a Chelsea; no se cansaría nunca de hacerlo. Pero Colin, que estaba más cerca, se le adelantó y la abrazó primero. Uno de los mayores motivos del abrazo del rubio era fastidiar a Edward, le divertía cabrearlo. Aunque eso sí, le gustaba más enfadar a la chica.
-Maldito seas otra vez, Colin- le mandó una mirada asesina al chico, quien le respondió con una carcajada burlona- Por cierto, tío- Ed volvió a girar la cabeza y esta vez se refirió a Liam, que seguía en el mismo sitio que cuando estuvo hablando con Chelsea. Sinceramente, ni siquiera él mismo sabía por qué seguía allí-, muchas gracias por haberle echado un cable a la pobre Chels.
-No importa. El caso es que no le ha pasado nada a tu hermana- sonrió Liam.
Ed miró hacia la izquierda y hacia la derecha, para después devolver su vista a los ojos de Liam. Con un movimiento de dedo, le indicó al chico que se acercara a él.
-¿Te cuento un secreto?- Edward hizo un susurro audible.
Antes de que a Liam le diera tiempo a responder, el moreno se puso su mano extendida cerca de la comisura derecha de su boca, actuando como escudo para que Chelsea y Colin no los oyeran.
-Ella no es mi hermana- musitó Ed, como si se tratara del mayor secreto jamás contado.
Se separó de Liam, dejándolo completamente descolocado, y empezó a reír.
-¿Qué pasa?- preguntó la chica.
-¿Sabes qué, Chels? Hemos tenido que mentirles a los de seguridad- confesó Ed.
-Sí, como Ed es tan avispado se le ocurrió decir que eras su hermana. Así, para dar pena y esas cosas- rió Colin-. Lo importante es que ya estamos todos bien. Ah, y tío- dijo el rubio, dándole una palmada a Liam en el hombro-. Gracias, de verdad.
-En serio, no ha sido nada- insistió Liam-. Tengo que irme, mis amigos me esperan…- dijo mirando hacia atrás, buscando a los chicos-. Espero que te recuperes del susto- le sonrió a Chelsea.
Ésta optó por despedirse de él con un abrazo. Los dos se sentían raros, ya que la primera vez que lo hicieron, tuvieron que hacerlo a la fuerza si no querían salir heridos.
-Bueno, pues…- vaciló Chelsea.
-Hasta luego- dijo Liam, sin quitar la sonrisa, antes de volver con sus amigos.
Chelsea suspiró cuando se fue, estaba demasiado cansada y aturdida como para seguir en pie.
-¿Qué tal si nos vamos ya a casa…?- la chica soltó todo el aire en su pregunta.
-Pues sí, ya han pasado demasiadas cosas esta noche…- dijo Colin, dando una palmada y frotándose las manos.
-Oye, ¿y mi cámara dónde está?
-¡A mi no me mires! La llevaba Colin- Ed alzó las manos al recibir la mirada de Chelsea.
-¡Ah! Se la dejamos a un hombre de seguridad de estos junto con el peluche de Rosie. ¿Los recogemos y os llevo a casa?- se ofreció el rubio.
Sus dos amigos respondieron con un asentimiento de cabeza, y se dirigieron hacia el guardia, que les devolvió sus propiedades en un segundo.
Tras dar un par de vueltas, al fin encontraron el coche del padre de Colin. Entraron dentro y, una vez más, pasaron por la pesadilla del tráfico un día de fiesta. Como Chelsea sabía que eso iba para rato, decidió acomodarse en los asientos de atrás, junto con Ed. Ella se había sentado delante, pero había poco espacio para estirarse, así que aprovechó que los coches de delante se habían parado, probablemente por el gran atasco que había, para bajarse rápidamente del coche y montarse en el asiento trasero.
-¿Qué haces?- rió Colin.
-Siento dejarte solo ahí delante, Colin, pero necesito tumbarme. Me duele un montón la cabeza.
-¡Normal que te duela! Menudo día más completo has pasado- afirmó Edward.
La chica sonrió y, hecha polvo, apoyó su cabeza en el hombro de su amigo. Ese día no había sido el más tranquilo precisamente, así que, ¿qué más daba si echaba una cabezadita? Total, se le iba a hacer eterno si esperaba despierta; tenía demasiado sueño. Mientras notaba cómo Ed le acariciaba tiernamente el pelo con la misma mano que le rodeaba los hombros, el sueño la envolvió por completo, cayendo rendida.

Dos meses más tarde…

-¡Que ya voy!- repitió Chelsea por enésima vez.
Cogió el móvil, que había puesto a cargar en el enchufe de al lado de su mesita de noche, y salió corriendo de su habitación. ¿Desde cuándo ella se quedaba dormida por las tardes? Y, ¿por qué no se habría preocupado y puesto la alarma del móvil, solo por si acaso? Después de comer, se quedó tirada en el sofá mientras veía una de esas películas malas que suelen echar a mediodía, esas que no ve absolutamente nadie. Pero no tenía ningún plan, y decidió que vaguear un rato no era mala idea. Como era de esperar con ese tipo de películas, se durmió mientras la veía, o mejor dicho, mientras pensaba en sus cosas. Cuando se despertó, solo le quedaba media hora para arreglarse, ya que había quedado con sus amigos esa tarde.
Derrapó al llegar al hall y se alisó la camiseta antes de abrir la puerta. Ya se había convertido en costumbre.
-Buenas- dijo Colin, arrastrando las palabras con un toque humorístico.
-¿Estás lista ya?- Ed se cruzó de brazos.
-Sí, podemos irnos- Chelsea cerró la puerta.
Bajó el escalón que separaba la acera de la entrada de su casa y se reunió con sus dos amigos.
-¿Sabes, Chels? Sigo sin acostumbrarme a verte con ese pelo tan raro.
“¿Raro?”- pensó ella- “Tampoco es tan raro”.
Hace a penas un mes, Chelsea decidió cambiarse el tinte del pelo. Antes, llevaba su color de pelo natural con gruesas mechas de color rosa cubriéndole todo el pelo. Ahora, el rosa había desaparecido y unas azules mechas californianas adornaban su cabello, que consistían en pintar un tramo de su cabello empezando por las puntas hasta degradarlas por el resto, a medida que subían. Se las había cambiado por un motivo bastante sencillo; cuando vio pasar su vida por delante mientras montaba en aquella montaña rusa dos meses atrás, decidió olvidarse de todo lo que hubo pasado y deshacerse de cualquier cosa que la atara a ello, empezando por el pelo. Parecía una bobada, pero durante todo el suceso intentó esconder la cara entre su cabello, con lo cual éste le recordaba mucho al incidente. Aquel percance le trajo un terrible trauma a las ferias que aún no le había contado a nadie, por miedo a que la llamaran exagerada por extremar tanto las cosas.
-Pues no es que lleve poco tiempo con él, Ed. Mira cómo Colin se ha acostumbrado ya, ¿eh, Colin?
-¿Eh? Sí, sí.
-¿Por qué te has traído al osito ese?- preguntó ella, dándose cuenta de que Colin estaba distraído jugando con el peluche.
-¡Ah! Es que pensé que podíamos pasar por la casa de Juliet y tal, está un poco más lejos de la tienducha esa a la que vamos…
-Lo tenías todo planeado, ¿eh, amigo?- rió Ed, dándole unos codazos al rubio.
-¡Eh! Es mi novia, quiero verla.
-¿Estás fardando de que tienes novia?
-¿Quién ha dicho eso?
-Mi unicornio me lo ha chivado.
-Chicos, parad- dijo Chelsea con un tono de voz muy serio. Después, sin poder evitarlo, se desternilló de risa. Menudas cosas se les ocurren a estos chicos.
-¡No te rías!- se quejó el moreno- El unicornio se ofenderá.
-Ed, que vale- dijo Colin-. Entonces, ¿podemos ir a verla o no?
-¿Por qué no? Total, después de pasar por la tienda del señor Bennett no teníamos pensado ir a ningún lado.
Una vez al mes, Chelsea iba acompañada de sus dos mejores amigos a la pequeña y mugrienta tienda del señor Bennett. Era el único lugar del barrio en el que podías sacar las fotos de la cámara a papel, y a la pequeña fotógrafa le encantaba imprimir sus obras para poder colgarlas en su pared, o simplemente guardarlas en el desgastado álbum de recuerdos que guardaba bajo su cama. A parte del hecho de que esa tienda era la que estaba más cerca, por no decir que las demás estaban a más de un kilómetro, también tenía unos precios muy rebajados, con lo cual no tenía que gastarse todos sus ahorros en diez escasas fotos. Era una verdadera suerte saber de la existencia de aquella tienda, aunque más que eso era en la misma casa de los Bennett. Cuando se dice la familia Bennett, todo el barrio se refería a los dos ancianos que sobrevivían de su pensión y de los pocos productos que vendían en su tienda y su gato negro, que siempre estaba rondando por su alrededor.  
Cuando alguien se imagina la vida el Londres, le viene a la cabeza vivir en una ciudad de ensueño, con todo lujos y modernidades. Pero a poca gente se le había ocurrido dar un paseo por las zonas de los barrios de clase media-baja, donde Chelsea, Colin y Ed vivían. Cuando pasabas por ahí, Londres no parecía lo mismo.
-Señor Bennett, soy Chelsea- cuando la chica llegó a la puerta de la tienda, retiró la cortina unos centímetros y avisó de quién era. Al pobre hombre ya le habían dado un par de sustos todos los bándalos que habían pasado por allí, y ella no quería que él pensara que una vez más, le iban a atracar o robar.
-¡Ah, Chelsea, hija! Pasa, mujer, pasa- la voz ronca del anciano le llegó desde detrás del mostrador.
Los tres chicos entraron al interior de la tienda, era imposible no maravillarse con la cantidad de cosas que aquel lugar tenía. Los objetos más nuevos y vitales no tenían mucha calidad, pero había millones de cachivaches antiguos de madera que asombraban a cualquiera. Según el señor le había explicado otras veces, eran herencias de familia que no les servían demasiado, así que no les quedó otra opción que ponerlos en venta.
-Vaya, nuevo peinado, ¿verdad?- sonrió, tensando sus labios y marcando arrugas de la vejez.
-Sí, bueno… larga historia- dijo ella, enrollándose un mechón de pelo en un dedo.
-¿Qué me traes hoy?
-Esta vez, me gustaría que imprimieras todas las que hay- pidió, tendiéndole la cámara por el rayado mostrador de cristal.
-¿Todas? De acuerdo, no creo que tarde mucho- dijo, cogiendo la cámara y adentrándose en el interior de la tienda, donde tenía esa máquina que tantas fotos había imprimido ya. En un principio, el señor Bennett no tenía sitio donde imprimirlas, pero cuando Chelsea vino preguntando, se le ocurrió que podía comprarla. Así, al menos, sacaría algo más de dinero, y no se equivocaba. Ella podía jurar que hasta todas las fotos que habían sido impresas por aquella máquina, eran suyas. No a mucha gente por esa zona se le ocurría esa forma de hacer arte.
-Oye, ¿dónde está la casa de Juliet?- preguntó Ed. Él era el único de los tres que no había ido nunca, aunque raramente, conocía a los padres de la chica- ¿Está muy lejos?
-Está a una manzana de aquí, o algo así- comentó Chelsea.
-No es de este barrio, pero tampoco está tan lejos- Colin le dio unos golpecitos al mostrador con las uñas.
-Sé que no es de este barrio. Es una pija…
-¡Ed!- se quejó Chelsea, antes de que Colin pudiera hacerlo- Juliet no es una pija. Cómo se nota que no sabes dónde vive- la chica rodó los ojos.
-Oh, venga ya. ¿Habéis visto cómo se viste?
-Cállate, Lekker- ordenó el rubio, sin mirarle a la cara.
-Tendrá la misma cantidad de ropa que yo, lo que pasa es que tiene un montón de primas que le dan la ropa que ya no les vienen y la chica sabe combinar, por eso parece que tiene más.
-Las apariencias engañan, Ed- suspiró Colin mientras acariciaba al peluche que en un futuro Rosie abrazaría por las noches.
-Creo que ya están todas- apareció el señor Bennett, con un sobre en una mano y la cámara en la otra-. Te va a salir por doce libras.
Chelsea rebuscó en su bolsillo y sacó, centavo por centavo, todas las libras que el hombre le pedía. Él, contento de la visita mensual de la muchacha, guardó el dinero en su caja registradora, que solo usaba para meter el dinero porque la calculadora que llevaba incorporada, estaba rota.
Satisfechos, los tres amigos salieron de la tienda y se dirigieron a la casa de Juliet, con un Edward completamente desorientado.
-¿Cuántas fotos son en total?- preguntó Colin a mitad de camino.
-Me parece que eran unas treinta y tantas…- dudó la chica, abriendo el sobre con las fotografías.
-¡Por doce libras…! Vaya chollo- Ed se metió las manos en los bolsillos.
-Hombre, cuenta con que si lo pusiera más caro, no iría nadie a comprarle.
-Cierto.
Cuando consiguió abrirlo, cogió un puñado de fotos y las fue pasando. Le encantaba verlas cada vez que las imprimía.
-Pero qué… ¿qué es esto?
Según pasaba las fotos, Chelsea se encontró con una fotografía en particular, que estaba segura de que no la había sacado ella.


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Espero que digáis que la espera ha merecido la pena. Y si no, pues... Akfjnsaklfnaksjdf.
La recomendación del día(?): Tenéis que leer la novela http://chasecarswithme1dfic.blogspot.com Es de Sofi Williams Directioner, en el Tuenti.
Gracias por leer, incluso a los fantasmas. Pero por favor, me gustaría saber que me leéis, así que comentadme D:
Att: Amber Fletcher.

jueves, 9 de agosto de 2012

Capítulo 4.

-Es que no queda otro sitio- se apresuró a decir Liam.
-Oh, pues...- Chelsea movió la cabeza, no sabiendo a dónde mirar- Claro, siéntate.
-Si no te importa, claro...
-No, para nada. Siéntate.
Liam se introdujo en el interior del vagón, donde se acomodó en su asiento mientras Chelsea revisaba la colocación de su cinturón de seguridad por tercera vez. Necesitaba distraerse para no relacionarse lo más mínimo con el chico que se había sentado a su lado, no le apetecía nada tener que ser amable con él si le hablaba, porque más de una vez la gente desconocida en situaciones parecidas intentaban hablar con ella para romper el hielo. Aunque claramente, nunca le había sucedido en una montaña rusa. Además, le era imposible ser afable en esas condiciones; el miedo y el nerviosismo se apoderaban de su cuerpo y alma, y si tuviera que decir algo, lo único que saldría de sus labios serían chillidos o sollozos. Ya había hecho suficiente permitiéndole al muchacho sentarse a su lado.

Un hombre con cara aburrida, que esta vez sí era el revisor, pasó por su lado y les preguntó con voz monótona a los dos chicos si tenían las fichas, a lo que respondieron afirmando con la cabeza y entregándoselas.

Ella pensaba en cualquier cosa negativa que le podría suceder estando ahí montada y empezó a angustiarse. En cambio, él tenía claro que iba a ser un viaje más bien poco emocionante. Se le haría más llevadero y divertido si el condenado de Zayn le hubiera dejado sentarse junto a Harry, pero ahora tenía que pasar todo el trayecto con una desconocida. De cualquier manera, le era imposible enfadarse con él.

Un pitido sonó y las barras de seguridad bajaron hasta posicionarse a la altura de las costillas de los dos chicos. La atracción iba a comenzar. La chica respiró profundamente y se agarró con fuerza a la barra, mentalizándose de que si se ponía nerviosa lo iba a pasar peor. En cuanto a Liam, estaba dispuesto a levantar las manos en la primera subida.

Las ruedas del vagón seguían el camino de los raíles, encarrilándose hacia la primera cuesta. Por suerte, no tenía muchos metros, pero era la única con tan poca altura. Chelsea prefirió pasarla con los ojos cerrados, porque no quería ver lo que venía. Si tenía esa fobia al pasar la menor de las cuestas, ¿cómo se sentiría en las más altas? Sus amigos habían sido demasiado crueles con ella. Si hubiera sido en “Los Caballitos”, quizá se hubiera enfadado menos, incluso se hubiera reído. ¿Pero eso? Eso era demasiado. No se creía la excusa barata de que montando ahí su miedo iba a desaparecer. Al contrario, lo único que hacía era aumentar y aumentar, sobre todo cada vez que los carriles se elevaban.

La segunda subida la pasó un poco mal, después de haber dado un par de vueltas que, para el gusto de Chelsea, habían estado un poco torcidas hacia la derecha. Por no decir completamente.

Se le ocurrió la tonta idea de relacionar la montaña rusa con una serpiente, aunque la verdad es que se parecían demasiado. ¿Habrían sacado la idea de ahí? Al menos, pensar en tonterías la entretenía un poco y no la hacía pensar en qué lugar estaba en esos instantes; no obstante, era algo difícil olvidar aquello.

La comparación entre los dos pasajeros del tercer vagón era un poco cómica. Liam llevaba las manos alzadas todo el tiempo, y en su cara llevaba pintada una media sonrisa. Mientras tanto, Chelsea apretaba los ojos formando una graciosa mueca y se agarraba a la barra de seguridad como si fuera un vagabundo muerto de hambre que se aferraba a un trozo de pan. Por un instante, el muchacho rió y Chelsea rezó por que no lo hubiera hecho por la cobardía que ella estaba mostrando. Odiaba que se rieran de ella, así que si ese era el motivo de su risa, el chico no le había acabado de caer del todo bien. Aunque no lo pareciera, ella era una chica fuerte y valiente, pero en atracciones de riesgo todo daba un giro de ciento ochenta grados. Incluso los carriles.

“Pobre chica”-pensó Liam- “Si tanto miedo tiene, ¿por qué se ha subido?”. Si él supiera.

Se aproximaba la tercera cuesta. A medida que iban subiendo, el pelo de Chelsea se reclinaba sobre la parte trasera del vagón, quedando totalmente colgando hacia abajo. Esa subida estaba bastante más inclinada que la anterior, y el ascenso se le estaba pasando muchísimo más lento de lo que ya lo había hecho la primera vez. Eso solo podía significar que aquella cuesta era el doble de alta que las dos anteriores. Y ese hecho no le ilusionó demasiado.

Esta vez no tenía pensado gritar, ya que si los decibelios de sus gritos aumentaban a la vez que lo hacía la altitud de la cuesta, no quería dejar sordo al pobre chico, que encima que se había tenido que sentar con ella porque no quedaban sitios, no iba a hacerle el viaje imposible. ¿Lo habrían obligado sus amigos también a montar? No, él parecía satisfecho, disfrutaba del momento. Cosa que, aunque ella se lo propusiera, le era imposible. ¿Estarían cogiendo Ed y Colin un buen ángulo de visión para poder observar y reírse de las reacciones de Chelsea? Esperaba que lo hicieran, porque para nada se iba a volver a montar ahí. Y mucho menos si lo tenía que hacer con un desconocido antipático que se reía de su fobia, mientras ella lo estaba pasando fatal.

Liam tenía la vista fija en la nuca de Zayn, que estaba sentado junto al ricitos, justo enfrente de él. Y bueno, también enfrente de “la chica del pelo raro”. Él no era para nada una persona rencorosa, pero no se había subido especialmente para divertirse solo. Al menos conseguía reírse un poco con las tonterías que hacían sus compañeros del vagón delantero; era entretenido ver el pelo de Harry en movimiento a causa del viento y los gritos de Zayn animaban la cosa.

Ya casi podían ver dónde empezaba la meseta de la cuesta, y ella estaba pasando un mal trago. No quería morir tan joven, aún le quedaban muchos motivos para seguir viviendo. Pero como no podía parar el tiempo y la suerte no estaba de su parte, tenía que afrontar con ello y aceptar que tendría que bajar esa pendiente. Le dio pena el chico que se sentó al lado cuando se imaginó el volumen de los chillidos que produciría durante la bajada de esa cuesta, una bajada que estaba demasiado cerca. De hecho, ya habían llegado al pico de la meseta, donde los vagones empezaron a ir más pausados, hasta quedarse completamente parados en un punto determinado. La rubia cerró los ojos con fuerza, más de lo que ya los tenía, hasta llegar a hacerse daño. Pero no quería que una sola imagen de ese escalofriante momento, que estaba a punto de suceder, se le colara en la mente. No quería llevarse demasiados recuerdos de esos instantes.

La agitada respiración de Chelsea rompía el tenso silencio que los nerviosos pasajeros habían creado. ¿Tan alto estaban que ni siquiera se oía la música de la feria?

La chica estaba pasando una especie de trance, todo a su alrededor se había parado y solo podía escuchar su angustiado jadeo. Entonces, pudo notar cómo las ruedas del vagón volvían a estar en movimiento. Liam alzó las manos y, esta vez, también cerró los párpados. No quería que se le metiera ningún bichito en el ojo.

Recuperando la rapidez e incrementándola a lo máximo, la fila de vagones cayó por los raíles con mucha fuerza. El viento les azotaba la cara, haciendo que el pelo de Chelsea se agitara con violencia. La velocidad era inhumana, y los chillidos de todos los que estaban allí hacían eco en el aire, y cómo no, los de Chelsea estaban incluidos en ellos. Quizá los gritos más fuertes eran los de ella, pero Liam tenía claro que si seguía así, se iba a quedar afónica al día siguiente. Qué pulmones tenía esa chica, vaya. Pero él no sabía lo mal que se sentía ella en ese momento, sus sentimientos y emociones se resumían a una palabra: pánico. Y esta vez lo sentía con más fuerza, ya que estaba bajando una de las mayores pendientes de la montaña rusa.

El descenso estaba muy empinado, tanto que si no hubiera cinturón que los sosteniera, se darían de golpe con la barra de seguridad, la cual Chelsea no había soltado ni un solo segundo. Ella pensaba que se le saldría el corazón del pecho, tenía la adrenalina a tope pero no la disfrutaba.

Entre gritos, terminaron de descender antes de lo que esperaban. Con tanta velocidad, la bajada se les había pasado en un santiamén, ya podían percibir cómo los vagones circulaban en llanura y el viento no era tan agresivo. Pero la pesadilla no había cesado.

Un potente chirrido proveniente de las ruedas se escuchó en el aire, al mismo tiempo que todos los vagones hicieron un brusco movimiento hacia la derecha causando que los pasajeros se pegaran un fuerte golpe en las costillas contra la barra de seguridad por el repentino frenazo. Suerte tenían si nadie se había roto nada después de aquel impacto. Ya no estaban en movimiento, pero, ¿por qué? La atracción no había terminado, estaban en la mitad del recorrido y aquello solo se solía parar cuando estaban en lo alto de una cuesta o si se encontraban en una curva peligrosa. Y en esa parte, los carriles solo tenían un poco desnivel a la derecha.

Chelsea abrió los ojos de golpe, horrorizada. Lo que ella siempre había temido no le podía estar ocurriendo, no estaba preparada. Esta vez, los gritos aumentaron, todo el mundo que estaba ahí montado tenía la misma sensación de pánico que había tenido Chelsea durante todo el trayecto, solo ahora ella tenía más. Ella no gritaba, solo mantenía los ojos bien abiertos y miraba a un punto fijo, sin pestañear. No sabía cómo reaccionar en momentos como ese, así que se limitó a controlar su respiración para que no le diera un ataque al corazón.

Liam no lo podía creer, o mejor dicho, no quería creerlo. Confiaba en salir de ahí sin ninguna rozadura, pero lo veía difícil ya que seguían balanceándose. Con la vista pudo divisar lo que sería más o menos lo que causaba tantos problemas; el primer vagón, el cual no tenía asientos y encabezaba la fila, se había salido un poco de los carriles. No pensaba que eso fuera a hacer que los demás vagones que éste dirigía se salieran también, hasta que un crujido mucho más fuerte que el anterior sonó y éstos se movieron más bruscamente pegando un bote, hasta quedar mucho más inclinados a la derecha de lo que ya estaban. Al estar tan ladeados, Chelsea podría caer al vacío, así que, como en un acto reflejo, se agarró a Liam escondiendo su cabeza en su pecho.

Estaba aterrada, ¿acabarían cayendo? ¿Sería ese su fin?

 Se percató de la posición que había tomado y de que no conocía al chico al que se estaba agarrando, así que estaba dispuesta a soltarse cuando los brazos del muchacho la rodearon con fuerza, correspondiéndola. Ella se quedó confusa, no entendía por qué él la ayudaba si eran unos completos desconocidos el uno para el otro, pero se lo agradecía en silencio. Era un abrazo que la reconfortaba, pero al mismo tiempo la sujetaba para que no cayera del vagón, ya que el mínimo movimiento que ella hiciera haría que resbalara. Con gritos desgarradores de fondo, cerró los ojos lentamente.

Liam notó cómo la chica empezaba a temblar, y no era precisamente por el frío. Se le hacía un poco incómoda la situación, que una extraña se te agarrara al cuello no era lo más agradable del mundo, pero él comprendía sus actos en las condiciones que se encontraban. Si había estado chillando durante todo el viaje, no quería ni imaginarse la sensación de miedo que tendría ella en ese momento. La agarró más fuerte y se vio obligado a calmarla, a él le gustaría que hicieran lo mismo si estuviese en su lugar.

-Tranquila, todo saldrá bien- torció el cuello y se lo dijo en la oreja, tenía que acercarse a ella si no quería que los chillidos de los demás taparan su voz- ¿Te has hecho daño?- preguntó, acordándose del frenazo “rompe-costillas”.

Pero ella no respondía.

-¿Te has hecho daño?- volvió a preguntarle, subiendo un poco más el volumen.

Pero ella seguía sin responder.

Él cogió la cara de la chica, firme pero suavemente con una mano, mientras con la otra la seguía sujetando por la espalda para que no cayera, y levantó su cabeza por la barbilla para mirarla a los ojos. Sus párpados permanecían cerrados, ocultándole a Liam el color de su iris. Ella no oponía resistencia, ni ayudaba a elevar a la cabeza. Su cuerpo no respondía.

“Mierda.”-pensó Liam, preocupado, y dándose cuenta de la situación-“Se ha desmayado.”


Chelsea abrió los ojos paulatinamente, para encontrarse de frente con el estrellado cielo de la noche. Estaba tumbada, pero no en el suelo porque no era frío ni duro, sino blando. Como un colchón. ¿Qué hacía ahí?

De repente, una cara que le era familiar se coló en su campo de visión y su mente se despejó. ¿Seguía en la montaña rusa? Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

-¿Estás bien?- le preguntó Liam con voz relajada después de hacerle unas señas a alguien en frente de él.

-Si, yo…- intentó buscar las palabras. ¿Le habría pasado algo grave?

Un hombre joven con una camisa azul se le acercó, mirándola fijamente desde arriba.

-¿Cómo te encuentras?- dijo- Te desmayaste cuando la atracción se averió- aclaró al ver su cara de confusión.

-Bien, estoy bien. Solo ha sido un desmayo de nada- dijo reincorporándose en la camilla donde la habían tumbado.

¿Quién la había sacado de su asiento? ¿Se había desmayado encima del chico aquél? Tenía muchas preguntas en mente sin responder, y aunque ella fuera muy curiosa, esta vez prefería quedarse con la duda.

Liam la observó levantarse, no parecía que sufriera algún que otro daño. Ellos dos habían tenido suerte, solo una chica de uno de los últimos vagones se había hecho daños leves en una costilla. Por lo demás, nadie había resultado herido, al menos, no físicamente. Pero el mal rato lo habían pasado todos.

Como vio que no tenía nada más que hacer allí, volvió con sus amigos, que estaban hablando con Paul cerca del coche de la ambulancia, pero aún dentro de la cinta policial que habían colocado para tratar a los que habían salido heridos. Un montón de curiosos se extendían al otro lado de la cinta para cotillear un poco, y rezó por que ninguna fan se encontrara ahí, observando cómo sus ídolos habían pasado el peor momento de sus vidas.

Liam se acercó a los chicos y Louis le atrajo a él pasándole un brazo por los hombros.

-Entonces, ¿os encontráis todos bien?- se preocupó Paul.

-En perfectas condiciones- respondió Liam, a lo que los demás le dieron la razón.

-Entonces todo en orden- dijo, sacudiéndose las manos para después sacar su teléfono móvil y hacer unas llamadas.

-¿Qué tal te lo has pasado, Liam?- consultó Zayn con  sonrisa de pillo.

-Maldito seas, Zayn- rió él.

-Te habrá dejado sordo, ¿no? Cómo gritaba la tía…- Harry hizo una mueca.

-¿Y cómo te has sentado tú solo, Liam?- preguntó Niall- Si esta vez le tocaba a Zayn, si mal no recuerdo.

-¡Te lo dije!- Liam acusó al moreno.

-¡Chivato!- se quejó éste al irlandés.

-¿Podéis hablar más bajo?- pidió un chico que pasaba por allí, con la mano en la frente. Aquella experiencia que acababa de pasar le había provocado un mareo terrible.

-Menudos maleducados estáis hechos- dijo Louis frunciendo los labios cuando aquel chico se retiró.

-Perdona, ¿puedo hablar contigo un momento?- una voz femenina habló, refiriéndose a Liam. Éste se dio la vuelta, al mismo tiempo que sus amigos torcían la mirada hacia ella, y se encontró con una chica con el pelo enmarañado y los ojos cansados que le miraba un poco cortada.

La misma chica de la montaña rusa.
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¡Ya está el capítulo 4! Espero que os guste, de verdad. Ah, y sé que me repito, pero por favor, me haríais muy feliz si me comentáis aquí o en el tablón de tuenti :D
Att: Amber Fletcher.