miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 2.


-Muchas gracias.- sonrió la muchacha que Liam hasta pensaba que tenía cara de fan, mientras cogía entre sus manos la libreta que sus ídolos les habían firmado. No cabía en ella de felicidad.
-A ti, guapa.- respondió Harry con una sonrisa.
La chica se fue dando saltitos para reunirse con sus demás amigos, que según las caras que habían puesto no parecía que One Direction fuera su banda de música preferida.
Antes se habían hecho esperanzas y habían empezado a pensar que ninguna fan se encontraba por esa zona aquella noche, ya que, hasta ahora, no se habían encontrado con ninguna y Paul se había quedado un poco descuidado por aquel hecho. Claro, que el camuflaje también ayudaba un poco; gafas de sol y dos de ellos llevaban capuchas puestas que actuaban como pasamontañas, pero la temperatura no ayudaba mucho. Puede que el clima de Inglaterra no se parezca en nada al mediterráneo, pero sus cuerpos se habían acostumbrado a pasar frío y llevar tanto chisme encima les hacía pasar calor.
La verdad era que llevar gafas de ese tipo en un país que tiene temperatura media inferior a los diez grados centígrados y, encima, de noche, debería levantar sospechas. Pero aquí todo el mundo iba a su rollo y pocos se fijaban en cinco chicos “normales”, aunque mientras pagaban el ticket para una noria, Zayn pilló a una mujer mirándole el trasero.

Mientras caminaban para llegar a la zona de las “atracciones extremas”, Niall y Zayn señalaban a todos lados y se llamaban cada dos por tres para avisarse de que habían visto alguna cosa que les sorprendía de la feria, ilusionados como críos, Harry le contaba a Paul una anécdota sobre sus tiempos en la panadería y Liam y Louis discutían los beneficios que traería para los ciudadanos que Barney gobernara el mundo.
-¿Zayn? ¿A dónde vas?- preguntó Paul. No podía dejar que se alejara del grupo, y era justo lo que estaba haciendo. Zayn se separaba de ellos caminando de una forma en la que parecía que estaba hipnotizado, sin parpadear y con la boca entreabierta.
-Tíos…- Zayn sonrió y se dio la vuelta en un movimiento brusco para avisar a sus amigos- ¡Vayamos ahí!- amplió su sonrisa mientras señalaba una cosa detrás de él con el pulgar.
Los chicos levantaron la cabeza para ver a qué se refería. Era una especie de caseta, tan desgastada que era difícil distinguir si era negra o gris, y encima de ella había unas barras de metal que sujetaban a unas letras de colores que parpadeaban. Ponía “La Casa de los Espejos”.
-Zayn, ¿en serio?- rió Niall.
-¡Por favor!- juntó las manos y puso cara de niño inocente.
Instintivamente, las cinco cabezas se dirigieron a Paul, que como respuesta alzó las manos al aire dando a entender que a él no le importaba lo que hicieran siempre y cuando estuvieran a salvo.
-Pues… compremos los tickets- Louis se encogió de hombros.
Zayn pegó un pequeño salto y se dirigieron hacia la taquilla de La Casa De Los Espejos.

* * *

-¡Woah!- exclamó Ed, soltando todo el aire.
-¡Extremo!- dijo Colin, alzando la mano para que su amigo le chocara los cinco.
Chelsea rodó los ojos. “Infantiles”- pensó, pero no pudo reprimir una sonrisa acompañada de un suspiro. Ella quería a sus amigos tales y como eran, y estaba muy agradecida de poder contar con ellos. Además, con las tonterías que hacían ellos dos nunca se podría sentir triste si estaban a su lado. Cuando estaban juntos, los problemas desaparecían.
-Tenías que haberte montado, rubia-dijo Ed. Llamarla “rubia” era una especie de apodo cariñoso que Colin y Ed tenían especialmente para ella, aunque a Chelsea no le hacía mucha gracia que la llamaran así. Y justo por eso, le habían puesto ese mote-. No ha sido lo mismo sin ti.
Colin y Ed habían subido a una atracción que consistía en un péndulo que oscilaba hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo que giraba sobre sí mismo. Antes de que sus amigos montaran, ella había observado que la mayoría de gente que subía ahí terminaba vomitando o con la cara pálida. Y ella no es que fuera temeraria. Prefirió quedarse abajo mirando la forma tan extraña que tenían sus amigos de pasárselo bien, nada más y nada menos que con el subidón de adrenalina que les provocaba aquello. Además, aprovechó para guardarles a sus amigos sus móviles y su dinero, por si se les caían en el recorrido.
-¿Para vomitar y tener mal cuerpo?- dijo Chelsea, con un tono irónico en su pronunciación, sacando las pertenencias de sus amigos que ella se había guardado en su bolsillo- No, gracias.
-Ah, Chelsea- suspiró Colin-. Estás echa toda una cobarde.
-Habló el petulante.
-Pusilánime.
-Zopenco.
-Oh, callaos- se quejó Ed-. Pero Colin sigue teniendo razón.
-¡Eh!- protestó Chelsea, lo que produjo las risas de los dos chicos y a las que ella acabó uniéndose.
Una vez sus dos amigos estuvieron listos, emprendieron de nuevo su ruta por el lugar.
-Bueno, no habré montado en el sitio ese, pero, ¿sabéis qué?- dijo Chelsea mientras le quitaba la funda a su cámara fotográfica- Os he sacado unas fotos impresionantes- Ed paró de andar, por lo que sus amigos lo hicieron también, para ver qué le pasaba.
-¡Pam!- exclamó Ed, y se le formó una gran sonrisa en la boca-. Ya puedes ir soltando la pasta- le tendió una mano a Colin mientras movía los dedos, indicándole que se diera prisa en dárselos.
-Oh, tío- guñó Colin-. ¿Yo qué sabía? No me hagas esto.
-Una apuesta es una apuesta- Edward se encogió de hombros, para después mover la mano con más rapidez. ¡Maldito sea! Siempre que él perdía una apuesta le hacía chantaje para que Ed lo dejara pasar, pero esta vez Colin no se iba a salir con la suya.
Como Colin vio que no tenía otra salida, se metió la mano en el bolsillo bruscamente y depositó en la mano de su amigo cinco libras, eso sí, todo el proceso mientras maldecía por lo bajo.
-Buen chico.
-Pero, ¿qué pasa aquí?- preguntó Chelsea- ¿Qué habéis apostado?
-Ed dijo que lo más seguro es que tú hicieras fotos de la atracción mientras nosotros montábamos- explicó el rubio.
-Y Colin dijo que no tenías por qué, así que decidimos apostar mientras esperábamos en la cola para entrar- completó Ed. La chica rió.
-No sé si esa apuesta indica quién de los dos es adivino o quién de los dos me conoce mejor.
-¡Eh! ¿Cómo te atreves a decir eso?- Colin se hizo el dolido- Yo dije que no porque creí que una simple atracción era demasiado fácil y típico para ti.
-Ah, Colin- Chelsea aguantó las ganas de reír-. Me halagas, pero igualmente, lo dije de broma.
-Sí, será eso.
El rubito se metió demasiado en su papel y se alejó de ellos dos, más que nada para poder reír sin que pensaran que había estado actuando. No le molestaba lo que había dicho Chelsea, sabía que lo dijo para fastidiarle, que era lo que ella siempre hacía, pero con cariño. Él quería mucho a esa chica y viceversa.
Ed y Chelsea, que se quedaron un poco más atrás, rieron como niños. Colin y sus dramatismos…
-Pobre chico, deberías ir y pedirle perdón- dijo Ed mientras ponía cara de pena.
Ella rió a modo de afirmación y se separó del moreno para buscar a Colin, mientras Ed la seguía por detrás. Para su sorpresa, lo divisó cerca de un puesto que vendía juguetes para niños, y él sostenía un osito de peluche. Chelsea sonrió al verlo. La imagen que estaba viendo era demasiado bonita y tan tierna que no le quedó otra que sacar la cámara y echarle una foto. Al recibir el flash, Colin giró la cabeza, desconcertado. Se encontró con la rubia, que observaba la fotografía que acababa de sacar en su cámara. Cuando ella levantó la cabeza porque se sentía observada, los pardos ojos de Colin apuntaban directamente a los suyos, lo que les sacó una sonrisa a los dos. Él volvió la mirada al peluche, sin borrar su sonrisa. Chelsea se acercó débilmente a su amigo, hasta quedar justo a su lado. Desde ese ángulo pudo ver con mejor precisión el peluche; era un osito blanco con un lazo rojo alrededor del cuello y justo en el centro de su barriga tenía el nombre de Rosie cosido con hilo de color rojo. Colin lo había cogido de un montón de peluches que se encontraban encima de un tablero colocado estratégicamente para que actuara como mesa, y cada uno tenía un nombre diferente en la tripa.
-Pensé que sería bonito para Rosie- susurró con voz anhelante, mientras soltaba una risita suave, pero nerviosa. Ahí Chelsea lo comprendió todo.
Colin llevaba casi dos años saliendo oficialmente con Juliet, una chica morena de la misma edad que éste. Para él, tener una novia tanto tiempo era todo un récord, además de que en todo ese tiempo solo se habían peleado una vez, y no duraron más de un día enfadados. Los dos se amaban y se ayudaban mutuamente y siempre sacaban un hueco del día donde pudieran verse.
Colin y Juliet podrían considerarse como la pareja perfecta, pero no lo eran. Lo hubieran sido si hace seis meses no hubieran cometido el error de sus vidas, el error que hizo que actualmente Juliet estuviera embarazada.
Para ellos dos fue una noticia muy impactante, ya que sabían con claridad que a partir de ese momento sus vidas iban a cambiar por completo. Pero aunque tuvieran que cargar con ese peso, habían decidido que ella no iba a abortar. Una cosa entre las miles que le sorprendían a Chelsea era el amor que Colin sentía y le transmitía a Juliet, porque un adolescente en sus condiciones lo que haría sería obligar a la chica a abortar, dar al bebé en adopción o, en el peor de los casos, abandonar a la chica, desaparecer y dejar a una adolescente soltera y embarazada sola para afrontar lo que venía. Que fue justo lo que hizo el padre de Chelsea. Y ella sabía lo mal que se sentía. Por eso veneraba la valentía y la decisión que Colin tomó; formar una familia con Juliet costara lo que le costara, porque él la seguía amando como el primer día.
La pareja ya había ido al ginecólogo, y el especialista averiguó que se trataba de una niña, a la que no tardaron en escogerle el nombre: Rosie Adams.
Colin quería comprar el peluche para su futura hija.
-El problema es que no me llega el dinero- Colin profirió un suspiro mientras dejaba el peluche con delicadeza en su sitio.
-¿Cuánto cuesta?- preguntó Chelsea mientras recogía el peluche que él había dejado.
-La mujer me ha dicho que cuatro libras, y después de la apuesta a mí solo me quedan dos.
-Así que ahora me pones a mí de malo, ¿no?- oyeron la voz de Ed detrás de ellos, y éste se acercó hasta la misma zona del puesto en el que estaban Chelsea y Colin- Eso no entraba en el trato.
-Tío, yo no te he puesto de malo- entornó los ojos Colin.
-Pero dices que no puedes comprarle eso a Rosie porque yo me he llevado tu dinero, que viene a ser lo mismo.
-¿Cómo sabes que se lo iba a comprar a Rosie? ¿Cuánto tiempo nos has estado espiando?
-Lo sé por el simple hecho de que en la mitad del oso pone Rosie, idiota. Lo único que he hecho es unir cabos.
-Y bueno, mientras vosotros discutíais yo he comprado el peluche- sonrió Chelsea, y le plantó a Colin en el pecho el osito que tanto drama había creado. Él lo cogió, pero para que no se le cayera al suelo. No podía aceptar que Chelsea se lo pagara.
-Chelsea, no…
-Ah, ah- negó ella con su dedo-. Cógelo como un regalo para ella, ¿sí? Y ahora, en marcha- Colin vaciló un poco, pero la verdad es que le emocionaba poderle llevar eso a Juliet y guardarlo hasta que Rosie viniera al mundo. Esbozó una sincera sonrisa.
-¿Sabéis? Yo quiero ir a La Casa de los Espejos- comentó Ed mientras caminaban.
-Oh, claro, es muy divertido pagar para ver tu reflejo- ironizó Chelsea, el rubio rió.
-¡No! Lo digo en serio. Allí hay muchos espejos y no son todos iguales, uno te hace feo, otro más alto…
-Puedes hacer lo mismo en el baño de tu casa, solo que no te ves más feo de lo que eres y no tienes que dañarte la vista. Al menos, no tanto- dijo Colin.
-¿Me estás llamando feo?
-Te estoy llamando guapo. Pero, ahora en serio, ese sitio es un timo, Ed.
-Bueno, pues si no vamos a La Casa de los Espejos- se resignó el moreno-, vayamos a la zona de las atracciones extremas.
-Hecho- le secundó Chelsea, y se dirigieron hacia allí.

Lo que no sabían los tres chicos era quién iba a estar en esa zona de la feria.
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Y ese ha sido el segundo capítulo. Por favor, dejad un comentario en el blog o en mi tablón de tuenti. Soy Amber Fletcher :]

miércoles, 18 de julio de 2012

Capítulo 1.


-¡Ahí! ¡Ahí hay un sitio!- Ed señaló un hueco donde, según él, podían aparcar.
Llevaban aproximadamente un cuarto de hora dando vueltas con el coche por los alrededores del recinto ferial, pero no encontraban lugar donde estacionar el rancio y desgastado coche de Colin. Mejor dicho, el coche de su padre. Se lo había "cogido prestado" por quinta vez en esa semana, aunque cada vez que lo hacía se prometía a él mismo que esa sería la última vez. El problema es que nunca cumplía con sus promesas.
Colin, que conducía, se puso alerta para poder pillar aquel sitio, se estaba empezando a irritar un poco con esa cantidad de tráfico que surgía los días en los que la feria venía a la ciudad. Pero eso sí, estaba dispuesto a aparcar ahí, le costara lo que le costara. Aunque le salió gratis, porque un coche salvaje se materializó de la nada y le quitó la plaza. Y ya era la cuarta vez que le pasaba en esa misma noche.
-¡Joder!- le pegó un manotazo al volante y, sin darse cuenta, pulsó la bocina, lo que le hizo pegar un bote a su mejor amiga, que se sentaba a su lado. Tras lanzar una moneda al aire, la afortunada en sentarse delante había sido Chelsea, muy a pesar de Ed.
-¡Joder!- se quejó la aludida.
-¡Esas bocas!- Ed inclinó su cuerpo de gimnasio hacia delante, apoyando sus manos sobre los asientos delanteros, y les regañó a sus dos amigos. Claro, que él no era nadie para hacerlo, ya que era el que más tacos soltaba. Cosa que Chelsea y Colin se encargaron de recordarle- Eh, vale, solo intentab… ¡Ese se va! ¡Corre, coge el sitio!- gritó, y casi se tira encima del volante. Menos mal que el conductor  tenía reflejos.
-Tranquilo, ¿eh? Que ya voy- dijo Colin mientras maniobraba con el volante, con los ojos bien abiertos aún del susto que le provocó la desesperación de Ed.

Edward, Colin y Chelsea. Tres chicos adolescentes, muy amigos y no se podría decir que los más reservados de la ciudad. Tenían fama de rebeldes y liberales, aunque en realidad solo eran juzgados de tal manera por su forma de vestir y, solo a veces, de actuar. En el fondo, solo eran tres demócratas que rompían las normas de lo común con ganas de independizarse y salir de Londres. Esa ciudad parecía el destino ideal de cualquier turista, pero una vez has nacido allí y pasado toda tu infancia, te apetece hacer las maletas y explorar mundo.
Pero eso sí, hay que hacer las maletas, porque una vez Ed intentó escapar de su casa con nada más que su guitarra y un atillo y la gente le empezó a dar limosna. Y, bueno, no iba a ser tan fácil explorar mundo con un instrumento y un pañuelo atado a un palo contando con que vivía en una isla.

Colin consiguió aparcar, aunque a duras penas. Una furgoneta casi le raya la pintura del coche. ¿Qué pasaría si lo hubiera hecho y el automóvil quedara con una fea raya gris en todo el lateral izquierdo? Lo más seguro es que su padre lo llevaría a un reformatorio. Sin exageraciones. Ese hombre era poco tratable.
-¡Al fin!- exclamó Ed, abriendo la puerta del coche para poder salir.
-¿Preparados para gastar dinero?- dijo Chelsea, saliendo del coche, con voz instigadora.
-¿La verdad? No es lo que más me emociona de la feria- bromeó Colin mientras le echaba el seguro al coche, sacándole una sonrisa a su amiga-.  Pero sí lo que me dan a cambio de él- se dio unos golpecitos en el bolsillo.
-Menos hablar y más caminar- les apremió Ed.
Claro, Ed era al que más ilusión le hacía estas cosas.
Cuando era pequeño, Edward iba con su padre a la feria cada vez que pasaba por la ciudad y coincidía con que él no tenía que trabajar. No podía permitirse faltar al trabajo, ya que era la única persona que mantenía a una familia de cinco miembros. Era un hombre al que Ed apreciaba mucho. Le tenía mucho cariño, jugaba con él a la pelota y Ed tenía claro que era el mejor padre del mundo. Era la figura paterna perfecta. Pero, desafortunadamente, la última vez que pudo ir con él, tenía siete años.
Al perder el único trabajo que proporcionaba dinero a la casa, a la familia Lekker no le quedaba otra que vivir de lo poco que le daba el paro y alguna vez que otra recibían ropa de segunda mano que le subministraba la Iglesia, lo cual era un poco irónico porque era una familia totalmente atea. El padre de Ed encontró una forma de dejar de pensar en todos sus problemas económicos, al menos durante unas horas, y se metió en las drogas. Y no salió bien parado.
Se supone que volver a la feria reviviría los recuerdos de Ed de cuando su padre estaba sano y… vivo. Recuerdos que le harían sentirse peor, e incluso Chelsea pensaba que podrían provocarle a su amigo una depresión, ya que si fuera en su caso, pasaría. Pero él era un chico extraño e inusual, y todo lo que sentía era felicidad, alegría y, raramente, entusiasmo. Desde entonces, ha sido Ed el que ha mantenido a su familia con un trabajo fijo en una cafetería y algún que otro trabajo inestable, y con el dinero que le daban de propina, conseguía ahorrar para poder acudir a las atracciones con sus dos mejores amigos.
Para Chelsea ese chico era todo un misterio, y eso que lo conocía desde los doce años. A pesar de lo que ha pasado por su vida, él siempre tenía una sonrisa en la cara y era muy optimista, cosa que fascinaba a cualquiera que conocía a fondo la vida del muchacho.
Cada uno tenía su propia historia que les atormentaba, e ir allí les sacaba los niños que tenían dentro. Niños que, en algún momento determinado de su infancia, se vieron obligados a crecer más deprisa de lo que deberían.

-Bueno, ¿y qué hacemos primero?- preguntó Colin, mientras rodeaba el coche para reunirse con sus amigos, la pregunta que todos tenían en mente.
-¿Qué os parece si damos una vuelta por el recinto y luego vemos lo que hacemos? Puede que este año hayan traído cosas nuevas- propuso Chelsea, acomodándose la cinta que le rodeaba el cuello y que sostenía una cámara de fotos profesional. Era uno de sus objetos más preciados, ya que le costó varios años ahorrar para comprarla (incluso era de segunda mano), pero mereció la pena ese gasto. A cada sitio que Chelsea iba, la cámara la acompañaba.
Ella quería ver todos los puestos y atracciones de la feria y luego elegir cuatro o cinco donde gastar el dinero. No se podía permitir soltar la pasta en el primer sitio que se encontrara.
-Pues allá vamos- dijo un ilusionado Ed y frotó las manos.
Ese gesto le recordó a Chelsea a las moscas que le molestaban cuando intentaba dormir por las noches, quizá comprar una casa a una manzana del basurero principal no era buena idea. Aunque eso sí, su amigo no tenía ni mucho menos la cara de mosca. Para ella, Ed era atractivo. Que fuera atractivo, no quería decir que sintiera algo por él más que amistad, lo consideraba como, simplemente, un amigo guapo. No tenía debilidad por él más que por Colin, y tampoco la iba a tener, porque pasara lo que pasara, ella no creía en el amor.

* * *

-Feria, feria, feria, feria- Niall agitó los puños mientras cantaba una melodía con esa única palabra. Nunca había ido a una feria fuera de Irlanda, y como el país en el que vivía en ese momento con sus cuatro amigos superaba con creces el número de habitantes que el de su tierra natal, estaba seguro de que ese tipo de festejos iban a ser mucho más grandes, en todos los sentidos. Y más por lo que sus amigos le habían contado.
-Ya verás, Niall. Seguro que te va a encantar.- Louis le rodeó los hombros a Niall con aire soñador, quien dibujó una gran sonrisa.
Liam rió, observando los movimientos del rubio con una mirada, sin quererlo, paternal. La reacción de Niall le había enternecido totalmente.
-Tranquilo, que ya falta poco- le animó Zayn.
-No falta poco- dijo Harry. Los chicos notaron cómo el automóvil se estaba parando-. Es que ya hemos llegado.
Paul les abrió la puerta corredera desde fuera. Ya casi lo habían olvidado, tendrían que estar todo el rato con Paul echándoles el ojo encima. Aunque ellos sabían que él lo hacía por su bien, para protegerlos de las fans histéricas, aparte de porque cobraba un buen sueldo. Todos tenían claro que iba a ser difícil pasar desapercibidos de la posible monstruosa cantidad de fans que, en ese instante, podrían estar paseando por la feria. Puede que Londres fuera la ciudad con más Directioners del resto del mundo, ya que ellos iniciaron su carrera en Inglaterra y la capital tiene más posibilidades. Pero ellos estaban dispuestos a divertirse, firmar un par de autógrafos si era necesario y, sobre todo, disfrutar de su descanso.

Ni si quiera tres rebeldes les podrán arruinar el día.
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Ese ha sido el primer capítulo. Por favor, si queréis que la siga comentad pidiendo siguiente en el blog o en mi perfil de Tuenti. Soy Amber Fletcher. :D