miércoles, 18 de julio de 2012

Capítulo 1.


-¡Ahí! ¡Ahí hay un sitio!- Ed señaló un hueco donde, según él, podían aparcar.
Llevaban aproximadamente un cuarto de hora dando vueltas con el coche por los alrededores del recinto ferial, pero no encontraban lugar donde estacionar el rancio y desgastado coche de Colin. Mejor dicho, el coche de su padre. Se lo había "cogido prestado" por quinta vez en esa semana, aunque cada vez que lo hacía se prometía a él mismo que esa sería la última vez. El problema es que nunca cumplía con sus promesas.
Colin, que conducía, se puso alerta para poder pillar aquel sitio, se estaba empezando a irritar un poco con esa cantidad de tráfico que surgía los días en los que la feria venía a la ciudad. Pero eso sí, estaba dispuesto a aparcar ahí, le costara lo que le costara. Aunque le salió gratis, porque un coche salvaje se materializó de la nada y le quitó la plaza. Y ya era la cuarta vez que le pasaba en esa misma noche.
-¡Joder!- le pegó un manotazo al volante y, sin darse cuenta, pulsó la bocina, lo que le hizo pegar un bote a su mejor amiga, que se sentaba a su lado. Tras lanzar una moneda al aire, la afortunada en sentarse delante había sido Chelsea, muy a pesar de Ed.
-¡Joder!- se quejó la aludida.
-¡Esas bocas!- Ed inclinó su cuerpo de gimnasio hacia delante, apoyando sus manos sobre los asientos delanteros, y les regañó a sus dos amigos. Claro, que él no era nadie para hacerlo, ya que era el que más tacos soltaba. Cosa que Chelsea y Colin se encargaron de recordarle- Eh, vale, solo intentab… ¡Ese se va! ¡Corre, coge el sitio!- gritó, y casi se tira encima del volante. Menos mal que el conductor  tenía reflejos.
-Tranquilo, ¿eh? Que ya voy- dijo Colin mientras maniobraba con el volante, con los ojos bien abiertos aún del susto que le provocó la desesperación de Ed.

Edward, Colin y Chelsea. Tres chicos adolescentes, muy amigos y no se podría decir que los más reservados de la ciudad. Tenían fama de rebeldes y liberales, aunque en realidad solo eran juzgados de tal manera por su forma de vestir y, solo a veces, de actuar. En el fondo, solo eran tres demócratas que rompían las normas de lo común con ganas de independizarse y salir de Londres. Esa ciudad parecía el destino ideal de cualquier turista, pero una vez has nacido allí y pasado toda tu infancia, te apetece hacer las maletas y explorar mundo.
Pero eso sí, hay que hacer las maletas, porque una vez Ed intentó escapar de su casa con nada más que su guitarra y un atillo y la gente le empezó a dar limosna. Y, bueno, no iba a ser tan fácil explorar mundo con un instrumento y un pañuelo atado a un palo contando con que vivía en una isla.

Colin consiguió aparcar, aunque a duras penas. Una furgoneta casi le raya la pintura del coche. ¿Qué pasaría si lo hubiera hecho y el automóvil quedara con una fea raya gris en todo el lateral izquierdo? Lo más seguro es que su padre lo llevaría a un reformatorio. Sin exageraciones. Ese hombre era poco tratable.
-¡Al fin!- exclamó Ed, abriendo la puerta del coche para poder salir.
-¿Preparados para gastar dinero?- dijo Chelsea, saliendo del coche, con voz instigadora.
-¿La verdad? No es lo que más me emociona de la feria- bromeó Colin mientras le echaba el seguro al coche, sacándole una sonrisa a su amiga-.  Pero sí lo que me dan a cambio de él- se dio unos golpecitos en el bolsillo.
-Menos hablar y más caminar- les apremió Ed.
Claro, Ed era al que más ilusión le hacía estas cosas.
Cuando era pequeño, Edward iba con su padre a la feria cada vez que pasaba por la ciudad y coincidía con que él no tenía que trabajar. No podía permitirse faltar al trabajo, ya que era la única persona que mantenía a una familia de cinco miembros. Era un hombre al que Ed apreciaba mucho. Le tenía mucho cariño, jugaba con él a la pelota y Ed tenía claro que era el mejor padre del mundo. Era la figura paterna perfecta. Pero, desafortunadamente, la última vez que pudo ir con él, tenía siete años.
Al perder el único trabajo que proporcionaba dinero a la casa, a la familia Lekker no le quedaba otra que vivir de lo poco que le daba el paro y alguna vez que otra recibían ropa de segunda mano que le subministraba la Iglesia, lo cual era un poco irónico porque era una familia totalmente atea. El padre de Ed encontró una forma de dejar de pensar en todos sus problemas económicos, al menos durante unas horas, y se metió en las drogas. Y no salió bien parado.
Se supone que volver a la feria reviviría los recuerdos de Ed de cuando su padre estaba sano y… vivo. Recuerdos que le harían sentirse peor, e incluso Chelsea pensaba que podrían provocarle a su amigo una depresión, ya que si fuera en su caso, pasaría. Pero él era un chico extraño e inusual, y todo lo que sentía era felicidad, alegría y, raramente, entusiasmo. Desde entonces, ha sido Ed el que ha mantenido a su familia con un trabajo fijo en una cafetería y algún que otro trabajo inestable, y con el dinero que le daban de propina, conseguía ahorrar para poder acudir a las atracciones con sus dos mejores amigos.
Para Chelsea ese chico era todo un misterio, y eso que lo conocía desde los doce años. A pesar de lo que ha pasado por su vida, él siempre tenía una sonrisa en la cara y era muy optimista, cosa que fascinaba a cualquiera que conocía a fondo la vida del muchacho.
Cada uno tenía su propia historia que les atormentaba, e ir allí les sacaba los niños que tenían dentro. Niños que, en algún momento determinado de su infancia, se vieron obligados a crecer más deprisa de lo que deberían.

-Bueno, ¿y qué hacemos primero?- preguntó Colin, mientras rodeaba el coche para reunirse con sus amigos, la pregunta que todos tenían en mente.
-¿Qué os parece si damos una vuelta por el recinto y luego vemos lo que hacemos? Puede que este año hayan traído cosas nuevas- propuso Chelsea, acomodándose la cinta que le rodeaba el cuello y que sostenía una cámara de fotos profesional. Era uno de sus objetos más preciados, ya que le costó varios años ahorrar para comprarla (incluso era de segunda mano), pero mereció la pena ese gasto. A cada sitio que Chelsea iba, la cámara la acompañaba.
Ella quería ver todos los puestos y atracciones de la feria y luego elegir cuatro o cinco donde gastar el dinero. No se podía permitir soltar la pasta en el primer sitio que se encontrara.
-Pues allá vamos- dijo un ilusionado Ed y frotó las manos.
Ese gesto le recordó a Chelsea a las moscas que le molestaban cuando intentaba dormir por las noches, quizá comprar una casa a una manzana del basurero principal no era buena idea. Aunque eso sí, su amigo no tenía ni mucho menos la cara de mosca. Para ella, Ed era atractivo. Que fuera atractivo, no quería decir que sintiera algo por él más que amistad, lo consideraba como, simplemente, un amigo guapo. No tenía debilidad por él más que por Colin, y tampoco la iba a tener, porque pasara lo que pasara, ella no creía en el amor.

* * *

-Feria, feria, feria, feria- Niall agitó los puños mientras cantaba una melodía con esa única palabra. Nunca había ido a una feria fuera de Irlanda, y como el país en el que vivía en ese momento con sus cuatro amigos superaba con creces el número de habitantes que el de su tierra natal, estaba seguro de que ese tipo de festejos iban a ser mucho más grandes, en todos los sentidos. Y más por lo que sus amigos le habían contado.
-Ya verás, Niall. Seguro que te va a encantar.- Louis le rodeó los hombros a Niall con aire soñador, quien dibujó una gran sonrisa.
Liam rió, observando los movimientos del rubio con una mirada, sin quererlo, paternal. La reacción de Niall le había enternecido totalmente.
-Tranquilo, que ya falta poco- le animó Zayn.
-No falta poco- dijo Harry. Los chicos notaron cómo el automóvil se estaba parando-. Es que ya hemos llegado.
Paul les abrió la puerta corredera desde fuera. Ya casi lo habían olvidado, tendrían que estar todo el rato con Paul echándoles el ojo encima. Aunque ellos sabían que él lo hacía por su bien, para protegerlos de las fans histéricas, aparte de porque cobraba un buen sueldo. Todos tenían claro que iba a ser difícil pasar desapercibidos de la posible monstruosa cantidad de fans que, en ese instante, podrían estar paseando por la feria. Puede que Londres fuera la ciudad con más Directioners del resto del mundo, ya que ellos iniciaron su carrera en Inglaterra y la capital tiene más posibilidades. Pero ellos estaban dispuestos a divertirse, firmar un par de autógrafos si era necesario y, sobre todo, disfrutar de su descanso.

Ni si quiera tres rebeldes les podrán arruinar el día.
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Ese ha sido el primer capítulo. Por favor, si queréis que la siga comentad pidiendo siguiente en el blog o en mi perfil de Tuenti. Soy Amber Fletcher. :D

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