domingo, 6 de enero de 2013

Capítulo 8. (Maratón navideño)


-Yo tomaré… un café. Y que sea con leche.
-Yo un zumo de naranja, por favor.
-Enseguida- la muchacha apuntó los pedidos y se fue detrás de la barra a prepararlos.

Liam suspiró bajo la sobreprotectora mirada de su madre. Cogió una servilleta de un dispensador azul y desgastado que había en el centro de la mesa y empezó a dobletearla para gastar el tiempo.
Los dos estaban hechos un manojo de nervios; cada vez faltaba menos para que les desvelaran de una vez el estado del riñón de Liam. La mujer que le dio la cita al chico para ese día le pidió que viniera en ayunas para hacerse aquella prueba, así que por consecuente, y aunque tampoco se hubiera saltado demasiadas comidas, Liam estaba hambriento en ese momento a pesar de no tener el mismo metabolismo de cierto rubio irlandés. De cualquier manera, en la cafetería solo pidió un zumo de naranja ya que esa misma noche había prometido cenar con sus compañeros de banda para celebrar los resultados de las pruebas, fueran tanto buenos como malos. Prefirió ahorrarse las ganas de comer para esa noche. Le encantaría estar ya cenando con sus amigos, porque eso significaría que ya sabría cómo había salido todo, pero desgraciadamente el tiempo se pasaba, para su gusto, demasiado despacio.
Quizá él hubiera pasado más tiempo en el hospital que cualquier otro chico normal, pero, ¿quién se acostumbraría a ellos?

-Sé que estás nervioso- se compadeció Karen, mirando cómo el chico hizo hasta el último doblaje posible de aquel trozo de papel-. Pero ya falta poco. Además, ¿no oíste a la doctora Stevenson? Dijo que tu riñón parecía de lo más normal.
-Sí. Parecía- dijo Liam con ignorancia.

Soltó la servilleta, que de tanto doblez empezó a abrirse sola encima de la mesa como si de una rosa en primavera se tratara, y enderezó su espalda justo en el momento en el que apareció la camarera con una bandeja circular que sostenía lo que anteriormente le habían pedido. La chica, a la que Liam no le echaba más de veinticinco años, sirvió las bebidas sobre la pequeña mesa con algo de notable torpeza en sus largas y adornadas manos.

-Muchas gracias- sonrió Karen mientras se acercaba la tacita de café.

Ella se limitó a sonreír. Cuando posó el vaso de naranja encima de la mesa, se fue lo más rápido que pudo y se ocultó detrás de la barra, pero aún con la sonrisa en la boca.

-La has ruborizado- rió Karen dirigiéndose a su hijo antes de dar un sorbo.
-¿Yo?
-¿La has visto? Estaba nerviosa y estoy segura de que ya sabía que eras el gran cantante y aspirante a modelo Liam Payne- la mujer puso énfasis al pronunciar el nombre de su hijo.
-Mamá- negó Liam, pero no pudo evitar que se le escapara una pequeña sonrisa. No quería echarse rosas, pero que una chica se ruborizara por él ya se había convertido en algo rutinario desde que entró en One Direction, lo que tampoco quería decir que no dejara de extrañarle cada vez que ocurría-. Habrá actuado así porque será una fan o algo por el estilo. Y, ¿cómo que “aspirante a modelo”?- frunció el ceño.
-Bueno... Mírate- evidenció la mujer señalándole.

Liam rió suavemente con un leve toque de nostalgia y miró al frente. A veces echaba de menos hablar con su madre tranquilamente como lo estaban haciendo en ese momento, aunque quizá no era tan tranquilo como él quería creer dado que básicamente estaban reunidos por un hecho de salud y no porque a él le apetecía hacerle una visita a su madre. Liam estaba viviendo el sueño que cualquier chico de su edad podía desear, pero seguía teniendo mucho apego a su familia y no podía verla tan a menudo como él quisiera. De todas maneras, siempre le quedaban aquellos cuatro chicos que hacían que sus preocupaciones se evadieran en un abrir y cerrar de ojos con solo abrir la boca.
Le dio un trago a su zumo de naranja, sintiendo cómo el líquido bajaba por su garganta.
Al volver a posar el vaso contra la mesa, levantó la mirada, encontrándose con la persona que menos esperaba ver en ese lugar.
Una chica se hallaba de pie debajo del umbral de la ancha puerta de la cafetería. Llevaba un atuendo singular que llamaba la atención, ya que a nadie se le habría ocurrido llevar esa ropa a un sitio tal como era un hospital; vestía con unas botas militares negras y exageradas con numerosas hebillas plateadas que hacían juego con su camiseta negra, a la cual el logotipo en blanco del grupo Linkin Park en el centro le daba su toque de gracia. Sobre ésta reposaba una chaqueta vaquera color azul grisáceo que hacía juego con los shorts altos y rasgados que adornaban sus largas piernas. Y para rematar, aunque ya hacía que todas las señoras mayores que iban por los pasillos se reunieran para cuchichear sobre la ropa estrafalaria de la joven, colgaba de su cuello una cámara de fotos de un tamaño considerable.
Un insignificante destello en los ojos de la muchacha le abrió los ojos a Liam, haciéndole sabedor de que, aunque ella tuviera el pelo rubio y mechas azules en las puntas de éste en vez de llevar mechones rosas como la última vez que la vio, esa era la chica que estuvo con él durante aquella pesadilla en la montaña rusa.

* * *

-Chelsea.
-Ed.
-Voy al baño un momento, ¿sí? Tú ve cogiendo mesa, ahora iré yo a la cafetería.
-Va, pero date prisa. ¿Te voy pidiendo algo o…?
-Sí, una pizza familiar.
-Ed, es una cafetería.
-Y unas patatas fritas.
-Te estás quedando conmigo.
-Efectivamente, querida amiga.
-Tira al baño, anda- Chelsea empujó cariñosamente a su amigo al mismo tiempo que se le escapó una sonrisa.

Para Ed, que ella sonriera ya era un logro. Le encantaba hacer a la gente reír, sobre todo a ella, ya que las tácticas que él usaba se basaban siempre en lo absurdo y ese no era exactamente el tipo de humor preferido de la rubia, lo que hacía al hecho de que la chica riera porque él lo hubiera provocado una cosa complicada.
Mientras el moreno se dirigía al baño, Chelsea se encaminó hacia la cafetería del hospital.

Una vez que la matrona entró en la sala donde la pobre Juliet estaba penando y los tres amigos se quedaron tranquilos, Ed y Chelsea decidieron ir a tomar algo a la cafetería. Sin embargo, Colin no dudó ni un momento y prefirió quedarse con su novia.

Chelsea no podía parar de pensar en su amiga. Se le hacía raro pensar que mientras ella andaba tranquilamente por los pasillos, Juliet estaba sufriendo un dolor inimaginable. Y todo estaba sucediendo en el mismo edificio.
Torció a la derecha tras un rato caminando y consiguió ver sobre unas grandes puertas un cartelito en el que ponía escrito “Cafetería”. Se preguntó si Ed sabría llegar hasta allí ya que tenía por seguro que se perdería y acabaría irrumpiendo en cualquier otra sala para preguntar, pero no le dio mucha importancia.
Paró en la puerta de la cafetería y observó la sala; al fondo había una barra donde los camareros servían pedidos y limpiaban la encimera. Por toda la habitación había montones de mesas altas esparcidas con taburetes negros y con respaldo, aunque pudo distinguir algunas mesas de tamaño normal con sillas corrientes cerca de las ventanas, las que supuso serían para gente que por diversos motivos no podía sentarse en taburetes.
Se adentró en la cafetería y se sentó en uno de los taburetes de una mesa vacía, reservándole el sitio a su amigo. Se sacó la cámara del cuello, haciendo que la cuerda le colocara ligeramente el cabello sobre el hombro derecho, y la puso sobre la mesa, esperando que nadie la atendiera todavía ya que prefería hacerlo cuando Ed estuviera presente.

-Listo.

Una voz grave susurrada en el oído de Chelsea hizo que ésta pegara un bote. Seguidamente, Ed se sentó en frente de ella y la miró divertido

-¿Has pedido ya?
-Qué va, acabo de sentarme.
-Genial- Ed se levantó-. Entonces mejor voy a pedirlo a la barra; tardarán menos que si nos lo tienen que traer.
-Si tú lo dices- Chelsea se encogió de hombros.
-¿Qué vas a querer?
-Un… ¿Brownie?- dudó ella.
-Un brownie- Ed asintió con la cabeza al mismo tiempo que curvaba sus labios-. Cómo no. ¿Algo más?
-Un zumo de piña.
-No sé ni para qué pregunto- rió Ed, dándose la vuelta y haciendo que las cadenas de sus pantalones chocaran provocando un agudo ruido.
-Lo mismo pienso yo- respondió Chelsea, consciente de que el chico ya no la oía.

* * *

-Sé que puedes con esto- Juliet apretó con más fuerza la mano de Colin, quien notaba cómo ésta tornaba su color a un tono rojizo por la circulación que ella le cortaba, dolor el cual contrarrestaba el de la espalda por estar tanto tiempo encorvado para susurrarle a Juliet palabras tranquilizadoras. Era lo único que podía hacer, y le prometió que lo haría.

Al rubio le habían obligado a ponerse uno de los informales trajes que llevaban los médicos del hospital -obviamente el suyo no llevaba placa autorizándolo como licenciado-, pero haría cualquier cosa por quedarse con ella. Si él estuviera en su situación, le habría gustado que su pareja permaneciese con él; tenía claro que el dolor se haría bastante más llevadero, o al menos sería mejor el saber que hay alguien que se preocupa realmente. Así es como Colin se tomaba las cosas con la morena, que ya tenía la epidural puesta y hacía un esfuerzo para su hija viniera al mundo lo antes posible.


* * *

-Su brownie y su zumo.
-Gracias, Edward.
-El brownie es de bolsa- comentó el chico mientras acercaba su taburete para sentarse-. Me han dicho que es casero pero les he visto sacarlos de una bolsita y recalentarlo en el microondas- cotilleó.
-Dios, cómo se atreven- se impactó falsamente Chelsea-. ¿Eso no es ilegal?- preguntó sarcásticamente antes de darle un trago al zumo de piña.
-No sé, pero, ¿sabías que en Australia es ilegal untarse pomada negra para los zapatos en la cara?- manifestó Ed, haciendo que Chelsea casi se ahogara y la mayoría de la cafetería la mirara.
-¿Perdona?- dijo como pudo al tiempo que tosía. Ed se vio obligado a levantarse para darle golpecitos en la espalda si no quería que su amiga se quedara sin respiración, a pesar de estar dentro de un hospital- ¿A qué ha venido eso?
-Solo quería que te atragantaras- sonrió anchamente el muchacho, picándola.
-¿Y cómo sabes tú eso?- prefirió evitar el comentario. Ya se la devolvería más tarde.
-Verás- empezó con voz intrigante y volvió a su taburete-. Un día estaba yo en Australia y me dije “¿Qué pasaría si me unto la cara de pomada para los zapatos?”.
-Cuentista- la rubia le tiró una miguita de su brownie a la cara.
-Tal vez.

Edward sonrió con suficiencia a la rubia, que mordisqueó su pastelito con delicadeza saboreando el dulce sabor que aquello tenía y notando un toque de precalentado, aunque prefirió no manifestarlo por si Ed acababa diciendo que en algún país estaba prohibido atar una jirafa a una farola.


* * *


-¿Sabes? Creo que voy a pedirme otro zumo de estos. Están deliciosos- tras beber la última gota de su zumo de naranja, Liam relamió sus carnosos labios, anhelando la sapidez del jugo. Total, ¿qué más daba? Por otro zumo no iba a quedarse sin hambre para la cena de celebración, y, si todo salía como habían esperado, no iba a volver a pasarse por la cafetería de ese hospital.
-Me parece bien. Yo tengo suficiente con esto- Karen levantó un poco la taza del plato y miró la cantidad de café que le quedaba, comprobando que era suficiente para lo que les quedaba de espera.

Liam se levantó y fue a la barra, llevando de paso el vaso vacío en el que anteriormente le habían servido su bebida. A pesar de que la barra no estuviera precisamente abarrotada, no hubo nadie que le atendiera al llegar; los camareros estaban bastante atareados llevando y trayendo pedidos a las mesas de la cafetería y parecían no oír las llamadas de Liam, quien tenía muchas ganas de volver a probar el zumo.

-Perdone, ¿me puede dar un tenedor y un cuchillo?

Un chico moreno apareció y se colocó al lado de Liam, apoyó sus manos sobre la encimera e intentó llamar la atención de los camareros, aunque, como él ya suponía, fue en vano.
Liam se fijó en su vestimenta y empezó a preguntarse si había habido algún incidente durante un concierto de rock; era la segunda persona que veía en el hospital que vestía de una forma… diferente. Por supuesto, Liam era una persona abierta de mente y dado a su generación no se le hacía tan raro que alguien llevara ropa de ese estilo, pero en un hospital, sí que destacaba. Esta vez, ese muchacho llevaba unos vaqueros oscuros bajos. Dos cadenas colgaban a cada lado de su cintura y le recordaron, por el estilo de cómo los llevaba, a cuando su amigo Louis se quitaba los tirantes de los hombros y estos caían sobre sus piernas. Sus pies calzaban unas converses grises y una sudadera del mismo color que éstas con un lema grosero cubría su pecho, por no hablar del guante negro en su mano derecha al que cualquier persona mayor le parecería de escasa utilidad ya que dejaba los dedos al descubierto. Por último, sobre su cabeza descansaba una gorra de béisbol en color verde con la marca de bordada con hilo, la cual llevaba de una forma totalmente informal.

-Gracias por atenderme, en serio- ironizó el joven a la nada- ¿Llevas mucho aquí esperando?- le preguntó a Liam, sorprendiéndole por la naturalidad con la que se dirigía a él. La verdad es que hacía tiempo que un desconocido no lo trataba así, y no con eso se refería a maleducación; simplemente, le sorprendió.
-Pues la verdad, no llevo mucho- se sinceró-. Solo llevo un par de minutos aquí, nada más.
-Menos mal, porqu… ¡Oye!- exclamó el moreno, entrecerrando los ojos y señalándole con el dedo índice- Yo a ti te conozco.

Cosa que no impresionó a Liam.

-¿Sí? Bueno, últimamente vaya a donde vaya, la gente me reconoce- rió ligeramente, ladeando un poco su cabeza.
-¿A tanta gente has salvado?- preguntó con cierto toque de cachondeo y alzando una ceja mientras agrandaba su sonrisa, pero todo sin la mínima burla de tal manera que Liam no estuviera incómodo. Esa pregunta descolocó bastante a Liam, y al notarlo, el chico rió- No sé de qué te conocerá toda esa gente, pero no sé si te acordarás de que hace un par de meses tú ayudaste a mi amiga a no caerse de una atracción en la feria.

Sí.
Sí que se acordaba.
Nunca podría olvidar aquella trágica noche, sosteniendo a una chica desconocida y desmayada entre sus brazos para evitar su caída al vacío a más de cinco metros del suelo, al mismo tiempo que música de discoteca proveniente de grandes altavoces de todas las atracciones de la feria se mezclaban  en el aire y resonaban en su cabeza, haciéndole ver todo borroso y marearse por la situación por no contar las ganas de vomitar, pero con la adrenalina a tope y con la fuerza mental suficiente como para mantenerse alerta de todo lo que ocurría a su alrededor y, claramente, no soltar a la chica.

-Me acuerdo de ella, pero…
-Yo era su supuesto hermano- hizo gestos con sus manos apuntándose a su cara, como si así se pudiera acordar de él. Aunque lo hizo. Y no fue precisamente por la ayuda de sus manos.
-¡Ah! Ya sé- sonrió al acordarse. Sí, era aquél chico tan majo que corrió a abrazar a su amiga en cuanto le dejaron los de seguridad.
-¿Necesitáis algo?

Una camarera interrumpió la interesante conversación en la cual se recordaban el uno al otro, lo que le dio rabia a Liam ya que sabía que de alguna manera eso pondría fin a su conversación. Y él no había terminado de preguntarle todo lo que tenía que preguntarle.

-Sí… Él iba primero.
-Yo quería un zumo de naranja.
-Yo un tenedor y un cuchillo- dijo el muchacho cuando ella le miró con intención de apuntar los dos pedidos a la vez.
-Enseguida- asintió la camarera y comenzó a preparar los pedidos.
-Ahora que me doy cuenta, no nos hemos presentado. Soy Edward, Edward Lekker, pero puedes llamarme Ed, Eddie, Rachel o como quieras- le tendió una mano.
-Yo Liam, Liam Payne- correspondió su saludo agitándole la mano-. Y llámame Liam- sonrió, provocando la risa de Ed.
-¿Estabas solo?- cambió de tema.
-Pues no, estaba con mi madre- miró en dirección a Karen, que estaba hablando por teléfono mientras le daba vueltas al café con una cucharilla.
-Lo decía por si te querías sentar con nosotros.

Nosotros- resonó en la cabeza de Liam. Ahora se dio cuenta de algo obvio; la chica del pelo raro había venido con Ed, y ahora le ofrecían la oportunidad de verla otra vez. Pero, ¿realmente le apetecía rememorar aquel angustioso día donde su vida corría peligro, aquel día con el que tantas pesadillas en secreto había tenido, aquel día que para él cambió el significado a la palabra “feria”? Porque, al mirarla, sería lo único que pasaría por su cabeza.

-Bueno, es que dejaría a mi madre sola y…
-¡Vamos! Si son solo unos minutos- le cortó con ilusión-. O si no, dile que venga. ¡Si hay sillas de sobra!

Existía la posibilidad de que Edward estuviera de coña, pero lo decía con tantas ganas que llegaba a asustar.

-Aquí tienen.

La chica que les había atendido reapareció y puso delante de ellos un zumo de naranja y dos cubiertos envueltos en una servilleta de tela blanca. Liam, al pagar su zumo y el café de su madre, aprovechó para dar el dinero de lo que habían pedido Ed y Chelsea sin que el chico se diera cuenta.

-Le diré que espere un poco- se decidió el castaño, refiriéndose a su madre-. Total, parece entretenida con el móvil.
-Bien- sonrió con suficiencia-. Nosotros estamos… ¿Ves a esa chica que juguetea con la cámara?

Con su índice, Ed apuntó a la chica a la que Liam tenía miedo a enfrentarse. Seguramente, a ella tampoco le haría mucha gracia que él se presentara allí. Ni siquiera le hacía falta empatizar para saberlo. Él ya lo estaba sintiendo en su propia piel.

-La veo.
-Pues ahí es.
-Va. No tardo nada- dijo Liam, marchándose a su mesa, zumo en mano.

Se planteó que quizá estuviera exagerando más de lo debido eso de saludar a esa chica, Chels según Edward si mal no creía recordar. Pero la primera y única vez que la vio fue en unas situaciones demasiado críticas como para ahora hacer como si nada pasara.
La verdad es que ahora, pensado con detenimiento, todo le parecía demasiado absurdo. Solo era una chica más por conocer.
Se rió de sí mismo, eso sí, en su interior.


Ed cogió los cubiertos y se dirigió a la mesa donde Chelsea lo esperaba.

-Adivina a quién me he encontrado en la barra.
-¿A Alf?- la rubia levantó con ilusión la vista de su cámara. Ed le miró con una mueca divertida y con una mirada de miedo fingido.
-P… ¿por qué todo el mundo últimamente tiene que ser Alf?
-¿Por qué no?
-Chelsea, chssss, ya pasó- la rubia soltó una carcajada contenida-. No, no es Alf, pero le he dicho que venga con nosotros. Ya verás, seguro que te alegras cuando le veas.
-Eso habrá que verlo. El caso, ¿te vas a comer medio brownie o no?
-No lo dudes- Ed sacó los cubiertos y los puso en alto, cada uno en una mano, dispuesto a hincarle el diente al pastelito.

No es que a Chelsea no le gustara aquel brownie ni que lo hubiera rechazado por ser de bolsa, totalmente al contrario. Pero su amigo siempre conseguía lo que quería cuando ponía su típica expresión a la que Colin y Chelsea habían denominado ya oficialmente como “cara de engañabobos”, que era algo parecido a lo de poner cara de perrito sin hogar para dar pena y conseguir lo que quiere. Lo peor era que él tenía unos ojos muy grandes, y sumado a eso, le era imposible negarse a cederle un trozo. O, en este caso, incluso la mitad.

-¿Y por qué dices que me va a hacer ilusión?- la rubia apoyó los codos sobre la mesa y su barbilla entre sus manos, observando cómo si amigo partía su delicioso brownie de chocolate por la mitad- Esto duele.
-Pues… ¿porque hace mucho que no le ves?- dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, pero funcionó- Y ya es tarde- le dio un bocado a su trozo de pastelito que era de su posesión porque estratégicamente se lo había regateado a Chelsea.
-Y te parecerá bonito eso de robar pastelitos a la gente.
-Sí.
-Idiota.
-También.
-Hola.

Chelsea alzó la mirada. Alguien detrás de Ed les había saludado y ella ya suponía que iba a ser aquella persona de la que su amigo acababa de hablarle diciéndole que le iba a hacer ilusión verle y sin embargo no le había dado la más mínima pista, al menos alguna con la que ella pudiera hacerse una idea.
Obviamente sabía que no iba a ser Alf.
Pero la persona con la que se encontró con la mirada y le mandaba una tímida sonrisa, se la esperaba menos que a ese extraterrestre come-gatitos.
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Att: Amber Fletcher

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