-Yo tomaré… un café. Y
que sea con leche.
-Yo un zumo de naranja,
por favor.
-Enseguida- la muchacha
apuntó los pedidos y se fue detrás de la barra a prepararlos.
Liam suspiró bajo la
sobreprotectora mirada de su madre. Cogió una servilleta de un dispensador azul
y desgastado que había en el centro de la mesa y empezó a dobletearla para
gastar el tiempo.
Los dos estaban hechos un
manojo de nervios; cada vez faltaba menos para que les desvelaran de una vez el
estado del riñón de Liam. La mujer que le dio la cita al chico para ese día le
pidió que viniera en ayunas para hacerse aquella prueba, así que por
consecuente, y aunque tampoco se hubiera saltado demasiadas comidas, Liam
estaba hambriento en ese momento a pesar de no tener el mismo metabolismo de
cierto rubio irlandés. De cualquier manera, en la cafetería solo pidió un zumo
de naranja ya que esa misma noche había prometido cenar con sus compañeros de
banda para celebrar los resultados de las pruebas, fueran tanto buenos como
malos. Prefirió ahorrarse las ganas de comer para esa noche. Le encantaría
estar ya cenando con sus amigos, porque eso significaría que ya sabría cómo
había salido todo, pero desgraciadamente el tiempo se pasaba, para su gusto, demasiado
despacio.
Quizá él hubiera pasado
más tiempo en el hospital que cualquier otro chico normal, pero, ¿quién se
acostumbraría a ellos?
-Sé que estás nervioso-
se compadeció Karen, mirando cómo el chico hizo hasta el último doblaje posible
de aquel trozo de papel-. Pero ya falta poco. Además, ¿no oíste a la doctora
Stevenson? Dijo que tu riñón parecía de lo más normal.
-Sí. Parecía- dijo Liam
con ignorancia.
Soltó la servilleta, que
de tanto doblez empezó a abrirse sola encima de la mesa como si de una rosa en
primavera se tratara, y enderezó su espalda justo en el momento en el que
apareció la camarera con una bandeja circular que sostenía lo que anteriormente
le habían pedido. La chica, a la que Liam no le echaba más de veinticinco años,
sirvió las bebidas sobre la pequeña mesa con algo de notable torpeza en sus
largas y adornadas manos.
-Muchas gracias- sonrió
Karen mientras se acercaba la tacita de café.
Ella se limitó a sonreír.
Cuando posó el vaso de naranja encima de la mesa, se fue lo más rápido que pudo
y se ocultó detrás de la barra, pero aún con la sonrisa en la boca.
-La has ruborizado- rió
Karen dirigiéndose a su hijo antes de dar un sorbo.
-¿Yo?
-¿La has visto? Estaba
nerviosa y estoy segura de que ya sabía que eras el gran cantante y aspirante a
modelo Liam Payne- la mujer puso énfasis al pronunciar el nombre de su hijo.
-Mamá- negó Liam, pero no
pudo evitar que se le escapara una pequeña sonrisa. No quería echarse rosas,
pero que una chica se ruborizara por él ya se había convertido en algo rutinario
desde que entró en One Direction, lo que tampoco quería decir que no dejara de
extrañarle cada vez que ocurría-. Habrá actuado así porque será una fan o algo
por el estilo. Y, ¿cómo que “aspirante a modelo”?- frunció el ceño.
-Bueno... Mírate- evidenció
la mujer señalándole.
Liam rió suavemente con
un leve toque de nostalgia y miró al frente. A veces echaba de menos hablar con
su madre tranquilamente como lo estaban haciendo en ese momento, aunque quizá
no era tan tranquilo como él quería creer dado que básicamente estaban reunidos
por un hecho de salud y no porque a él le apetecía hacerle una visita a su
madre. Liam estaba viviendo el sueño que cualquier chico de su edad podía
desear, pero seguía teniendo mucho apego a su familia y no podía verla tan a
menudo como él quisiera. De todas maneras, siempre le quedaban aquellos cuatro
chicos que hacían que sus preocupaciones se evadieran en un abrir y cerrar de
ojos con solo abrir la boca.
Le dio un trago a su zumo
de naranja, sintiendo cómo el líquido bajaba por su garganta.
Al volver a posar el vaso
contra la mesa, levantó la mirada, encontrándose con la persona que menos
esperaba ver en ese lugar.
Una chica se hallaba de
pie debajo del umbral de la ancha puerta de la cafetería. Llevaba un atuendo singular
que llamaba la atención, ya que a nadie se le habría ocurrido llevar esa ropa a
un sitio tal como era un hospital; vestía con unas botas militares negras y
exageradas con numerosas hebillas plateadas que hacían juego con su camiseta
negra, a la cual el logotipo en blanco del grupo Linkin Park en el centro le
daba su toque de gracia. Sobre ésta reposaba una chaqueta vaquera color azul
grisáceo que hacía juego con los shorts altos y rasgados que adornaban sus
largas piernas. Y para rematar, aunque ya hacía que todas las señoras mayores
que iban por los pasillos se reunieran para cuchichear sobre la ropa
estrafalaria de la joven, colgaba de su cuello una cámara de fotos de un tamaño
considerable.
Un insignificante
destello en los ojos de la muchacha le abrió los ojos a Liam, haciéndole
sabedor de que, aunque ella tuviera el pelo rubio y mechas azules en las puntas
de éste en vez de llevar mechones rosas como la última vez que la vio, esa era
la chica que estuvo con él durante aquella pesadilla en la montaña rusa.
*
* *
-Chelsea.
-Ed.
-Voy al baño un momento,
¿sí? Tú ve cogiendo mesa, ahora iré yo a la cafetería.
-Va, pero date prisa. ¿Te
voy pidiendo algo o…?
-Sí, una pizza familiar.
-Ed, es una cafetería.
-Y unas patatas fritas.
-Te estás quedando conmigo.
-Efectivamente, querida
amiga.
-Tira al baño, anda-
Chelsea empujó cariñosamente a su amigo al mismo tiempo que se le escapó una
sonrisa.
Para Ed, que ella
sonriera ya era un logro. Le encantaba hacer a la gente reír, sobre todo a
ella, ya que las tácticas que él usaba se basaban siempre en lo absurdo y ese
no era exactamente el tipo de humor preferido de la rubia, lo que hacía al
hecho de que la chica riera porque él lo hubiera provocado una cosa complicada.
Mientras el moreno se
dirigía al baño, Chelsea se encaminó hacia la cafetería del hospital.
Una vez que la matrona
entró en la sala donde la pobre Juliet estaba penando y los tres amigos se
quedaron tranquilos, Ed y Chelsea decidieron ir a tomar algo a la cafetería.
Sin embargo, Colin no dudó ni un momento y prefirió quedarse con su novia.
Chelsea no podía parar de
pensar en su amiga. Se le hacía raro pensar que mientras ella andaba
tranquilamente por los pasillos, Juliet estaba sufriendo un dolor inimaginable.
Y todo estaba sucediendo en el mismo edificio.
Torció a la derecha tras
un rato caminando y consiguió ver sobre unas grandes puertas un cartelito en el
que ponía escrito “Cafetería”. Se preguntó si Ed sabría llegar hasta allí ya
que tenía por seguro que se perdería y acabaría irrumpiendo en cualquier otra
sala para preguntar, pero no le dio mucha importancia.
Paró en la puerta de la
cafetería y observó la sala; al fondo había una barra donde los camareros
servían pedidos y limpiaban la encimera. Por toda la habitación había montones
de mesas altas esparcidas con taburetes negros y con respaldo, aunque pudo
distinguir algunas mesas de tamaño normal con sillas corrientes cerca de las
ventanas, las que supuso serían para gente que por diversos motivos no podía
sentarse en taburetes.
Se adentró en la
cafetería y se sentó en uno de los taburetes de una mesa vacía, reservándole el
sitio a su amigo. Se sacó la cámara del cuello, haciendo que la cuerda le
colocara ligeramente el cabello sobre el hombro derecho, y la puso sobre la
mesa, esperando que nadie la atendiera todavía ya que prefería hacerlo cuando
Ed estuviera presente.
-Listo.
Una voz grave susurrada
en el oído de Chelsea hizo que ésta pegara un bote. Seguidamente, Ed se sentó
en frente de ella y la miró divertido
-¿Has pedido ya?
-Qué va, acabo de sentarme.
-Genial- Ed se levantó-.
Entonces mejor voy a pedirlo a la barra; tardarán menos que si nos lo tienen
que traer.
-Si tú lo dices- Chelsea se
encogió de hombros.
-¿Qué vas a querer?
-Un… ¿Brownie?- dudó ella.
-Un brownie- Ed asintió con
la cabeza al mismo tiempo que curvaba sus labios-. Cómo no. ¿Algo más?
-Un zumo de piña.
-No sé ni para qué
pregunto- rió Ed, dándose la vuelta y haciendo que las cadenas de sus
pantalones chocaran provocando un agudo ruido.
-Lo mismo pienso yo- respondió
Chelsea, consciente de que el chico ya no la oía.
* * *
-Sé que puedes con esto-
Juliet apretó con más fuerza la mano de Colin, quien notaba cómo ésta tornaba
su color a un tono rojizo por la circulación que ella le cortaba, dolor el cual
contrarrestaba el de la espalda por estar tanto tiempo encorvado para
susurrarle a Juliet palabras tranquilizadoras. Era lo único que podía hacer, y
le prometió que lo haría.
Al rubio le habían obligado
a ponerse uno de los informales trajes que llevaban los médicos del hospital -obviamente
el suyo no llevaba placa autorizándolo como licenciado-, pero haría cualquier
cosa por quedarse con ella. Si él estuviera en su situación, le habría gustado
que su pareja permaneciese con él; tenía claro que el dolor se haría bastante
más llevadero, o al menos sería mejor el saber que hay alguien que se preocupa
realmente. Así es como Colin se tomaba las cosas con la morena, que ya tenía la
epidural puesta y hacía un esfuerzo para su hija viniera al mundo lo antes
posible.
* * *
-Su brownie y su zumo.
-Gracias, Edward.
-El brownie es de bolsa-
comentó el chico mientras acercaba su taburete para sentarse-. Me han dicho que
es casero pero les he visto sacarlos de una bolsita y recalentarlo en el
microondas- cotilleó.
-Dios, cómo se atreven- se
impactó falsamente Chelsea-. ¿Eso no es ilegal?- preguntó sarcásticamente antes
de darle un trago al zumo de piña.
-No sé, pero, ¿sabías que
en Australia es ilegal untarse pomada negra para los zapatos en la cara?-
manifestó Ed, haciendo que Chelsea casi se ahogara y la mayoría de la cafetería
la mirara.
-¿Perdona?- dijo como pudo
al tiempo que tosía. Ed se vio obligado a levantarse para darle golpecitos en
la espalda si no quería que su amiga se quedara sin respiración, a pesar de
estar dentro de un hospital- ¿A qué ha venido eso?
-Solo quería que te
atragantaras- sonrió anchamente el muchacho, picándola.
-¿Y cómo sabes tú eso?-
prefirió evitar el comentario. Ya se la devolvería más tarde.
-Verás- empezó con voz
intrigante y volvió a su taburete-. Un día estaba yo en Australia y me dije
“¿Qué pasaría si me unto la cara de pomada para los zapatos?”.
-Cuentista- la rubia le
tiró una miguita de su brownie a la cara.
-Tal vez.
Edward sonrió con
suficiencia a la rubia, que mordisqueó su pastelito con delicadeza saboreando el
dulce sabor que aquello tenía y notando un toque de precalentado, aunque
prefirió no manifestarlo por si Ed acababa diciendo que en algún país estaba
prohibido atar una jirafa a una farola.
* * *
-¿Sabes? Creo que voy a
pedirme otro zumo de estos. Están deliciosos- tras beber la última gota de su
zumo de naranja, Liam relamió sus carnosos labios, anhelando la sapidez del
jugo. Total, ¿qué más daba? Por otro zumo no iba a quedarse sin hambre para la
cena de celebración, y, si todo salía como habían esperado, no iba a volver a
pasarse por la cafetería de ese hospital.
-Me parece bien. Yo tengo
suficiente con esto- Karen levantó un poco la taza del plato y miró la cantidad
de café que le quedaba, comprobando que era suficiente para lo que les quedaba
de espera.
Liam se levantó y fue a la
barra, llevando de paso el vaso vacío en el que anteriormente le habían servido
su bebida. A pesar de que la barra no estuviera precisamente abarrotada, no
hubo nadie que le atendiera al llegar; los camareros estaban bastante atareados
llevando y trayendo pedidos a las mesas de la cafetería y parecían no oír las
llamadas de Liam, quien tenía muchas ganas de volver a probar el zumo.
-Perdone, ¿me puede dar un
tenedor y un cuchillo?
Un chico moreno apareció y
se colocó al lado de Liam, apoyó sus manos sobre la encimera e intentó llamar
la atención de los camareros, aunque, como él ya suponía, fue en vano.
Liam se fijó en su
vestimenta y empezó a preguntarse si había habido algún incidente durante un concierto
de rock; era la segunda persona que veía en el hospital que vestía de una
forma… diferente. Por supuesto, Liam era una persona abierta de mente y dado a
su generación no se le hacía tan raro que alguien llevara ropa de ese estilo,
pero en un hospital, sí que destacaba. Esta vez, ese muchacho llevaba unos
vaqueros oscuros bajos. Dos cadenas colgaban a cada lado de su cintura y le
recordaron, por el estilo de cómo los llevaba, a cuando su amigo Louis se
quitaba los tirantes de los hombros y estos caían sobre sus piernas. Sus pies
calzaban unas converses grises y una
sudadera del mismo color que éstas con un lema grosero cubría su pecho, por no
hablar del guante negro en su mano derecha al que cualquier persona mayor le
parecería de escasa utilidad ya que dejaba los dedos al descubierto. Por
último, sobre su cabeza descansaba una gorra de béisbol en color verde con la marca de bordada con hilo, la cual llevaba
de una forma totalmente informal.
-Gracias por atenderme, en
serio- ironizó el joven a la nada- ¿Llevas mucho aquí esperando?- le preguntó a
Liam, sorprendiéndole por la naturalidad con la que se dirigía a él. La verdad
es que hacía tiempo que un desconocido no lo trataba así, y no con eso se
refería a maleducación; simplemente, le sorprendió.
-Pues la verdad, no llevo
mucho- se sinceró-. Solo llevo un par de minutos aquí, nada más.
-Menos mal, porqu… ¡Oye!-
exclamó el moreno, entrecerrando los ojos y señalándole con el dedo índice- Yo
a ti te conozco.
Cosa que no impresionó a
Liam.
-¿Sí? Bueno, últimamente
vaya a donde vaya, la gente me reconoce- rió ligeramente, ladeando un poco su
cabeza.
-¿A tanta gente has
salvado?- preguntó con cierto toque de cachondeo y alzando una ceja mientras
agrandaba su sonrisa, pero todo sin la mínima burla de tal manera que Liam no
estuviera incómodo. Esa pregunta descolocó bastante a Liam, y al notarlo, el
chico rió- No sé de qué te conocerá toda esa gente, pero no sé si te acordarás
de que hace un par de meses tú ayudaste a mi amiga a no caerse de una atracción
en la feria.
Sí.
Sí que se acordaba.
Nunca podría olvidar
aquella trágica noche, sosteniendo a una chica desconocida y desmayada entre
sus brazos para evitar su caída al vacío a más de cinco metros del suelo, al
mismo tiempo que música de discoteca proveniente de grandes altavoces de todas
las atracciones de la feria se mezclaban
en el aire y resonaban en su cabeza, haciéndole ver todo borroso y
marearse por la situación por no contar las ganas de vomitar, pero con la
adrenalina a tope y con la fuerza mental suficiente como para mantenerse alerta
de todo lo que ocurría a su alrededor y, claramente, no soltar a la chica.
-Me acuerdo de ella, pero…
-Yo era su supuesto
hermano- hizo gestos con sus manos apuntándose a su cara, como si así se
pudiera acordar de él. Aunque lo hizo. Y no fue precisamente por la ayuda de
sus manos.
-¡Ah! Ya sé- sonrió al
acordarse. Sí, era aquél chico tan majo que corrió a abrazar a su amiga en
cuanto le dejaron los de seguridad.
-¿Necesitáis algo?
Una camarera interrumpió la
interesante conversación en la cual se recordaban el uno al otro, lo que le dio
rabia a Liam ya que sabía que de alguna manera eso pondría fin a su
conversación. Y él no había terminado de preguntarle todo lo que tenía que
preguntarle.
-Sí… Él iba primero.
-Yo quería un zumo de
naranja.
-Yo un tenedor y un
cuchillo- dijo el muchacho cuando ella le miró con intención de apuntar los dos
pedidos a la vez.
-Enseguida- asintió la
camarera y comenzó a preparar los pedidos.
-Ahora que me doy cuenta,
no nos hemos presentado. Soy Edward, Edward Lekker, pero puedes llamarme Ed,
Eddie, Rachel o como quieras- le tendió una mano.
-Yo Liam, Liam Payne-
correspondió su saludo agitándole la mano-. Y llámame Liam- sonrió, provocando
la risa de Ed.
-¿Estabas solo?- cambió de
tema.
-Pues no, estaba con mi
madre- miró en dirección a Karen, que estaba hablando por teléfono mientras le
daba vueltas al café con una cucharilla.
-Lo decía por si te querías
sentar con nosotros.
Nosotros-
resonó en la cabeza de Liam. Ahora se dio cuenta de algo obvio; la chica del
pelo raro había venido con Ed, y ahora le ofrecían la oportunidad de verla otra
vez. Pero, ¿realmente le apetecía rememorar aquel angustioso día donde su vida
corría peligro, aquel día con el que tantas pesadillas en secreto había tenido,
aquel día que para él cambió el significado a la palabra “feria”? Porque, al
mirarla, sería lo único que pasaría por su cabeza.
-Bueno, es que dejaría a mi
madre sola y…
-¡Vamos! Si son solo unos
minutos- le cortó con ilusión-. O si no, dile que venga. ¡Si hay sillas de
sobra!
Existía la posibilidad de
que Edward estuviera de coña, pero lo decía con tantas ganas que llegaba a
asustar.
-Aquí tienen.
La chica que les había
atendido reapareció y puso delante de ellos un zumo de naranja y dos cubiertos
envueltos en una servilleta de tela blanca. Liam, al pagar su zumo y el café de
su madre, aprovechó para dar el dinero de lo que habían pedido Ed y Chelsea sin
que el chico se diera cuenta.
-Le diré que espere un
poco- se decidió el castaño, refiriéndose a su madre-. Total, parece
entretenida con el móvil.
-Bien- sonrió con
suficiencia-. Nosotros estamos… ¿Ves a esa chica que juguetea con la cámara?
Con su índice, Ed apuntó a
la chica a la que Liam tenía miedo a enfrentarse. Seguramente, a ella tampoco
le haría mucha gracia que él se presentara allí. Ni siquiera le hacía falta
empatizar para saberlo. Él ya lo estaba sintiendo en su propia piel.
-La veo.
-Pues ahí es.
-Va. No tardo nada- dijo
Liam, marchándose a su mesa, zumo en mano.
Se planteó que quizá
estuviera exagerando más de lo debido eso de saludar a esa chica, Chels según Edward si mal no creía
recordar. Pero la primera y única vez que la vio fue en unas situaciones
demasiado críticas como para ahora hacer como si nada pasara.
La verdad es que ahora,
pensado con detenimiento, todo le parecía demasiado absurdo. Solo era una chica
más por conocer.
Se rió de sí mismo, eso sí,
en su interior.
Ed cogió los cubiertos y se
dirigió a la mesa donde Chelsea lo esperaba.
-Adivina a quién me he encontrado
en la barra.
-¿A Alf?- la rubia levantó
con ilusión la vista de su cámara. Ed le miró con una mueca divertida y con una
mirada de miedo fingido.
-P… ¿por qué todo el mundo
últimamente tiene que ser Alf?
-¿Por qué no?
-Chelsea, chssss, ya pasó-
la rubia soltó una carcajada contenida-. No, no es Alf, pero le he dicho que
venga con nosotros. Ya verás, seguro que te alegras cuando le veas.
-Eso habrá que verlo. El
caso, ¿te vas a comer medio brownie o no?
-No lo dudes- Ed sacó los
cubiertos y los puso en alto, cada uno en una mano, dispuesto a hincarle el
diente al pastelito.
No es que a Chelsea no le
gustara aquel brownie ni que lo hubiera rechazado por ser de bolsa, totalmente
al contrario. Pero su amigo siempre conseguía lo que quería cuando ponía su
típica expresión a la que Colin y Chelsea habían denominado ya oficialmente
como “cara de engañabobos”, que era algo parecido a lo de poner cara de perrito
sin hogar para dar pena y conseguir lo que quiere. Lo peor era que él tenía
unos ojos muy grandes, y sumado a eso, le era imposible negarse a cederle un
trozo. O, en este caso, incluso la mitad.
-¿Y por qué dices que me va
a hacer ilusión?- la rubia apoyó los codos sobre la mesa y su barbilla entre
sus manos, observando cómo si amigo partía su delicioso brownie de chocolate
por la mitad- Esto duele.
-Pues… ¿porque hace mucho
que no le ves?- dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, pero funcionó- Y
ya es tarde- le dio un bocado a su trozo de pastelito que era de su posesión
porque estratégicamente se lo había regateado a Chelsea.
-Y te parecerá bonito eso
de robar pastelitos a la gente.
-Sí.
-Idiota.
-También.
-Hola.
Chelsea alzó la mirada.
Alguien detrás de Ed les había saludado y ella ya suponía que iba a ser aquella
persona de la que su amigo acababa de hablarle diciéndole que le iba a hacer
ilusión verle y sin embargo no le había dado la más mínima pista, al menos
alguna con la que ella pudiera hacerse una idea.
Obviamente sabía que no iba
a ser Alf.
Pero la persona con la que
se encontró con la mirada y le mandaba una tímida sonrisa, se la esperaba menos
que a ese extraterrestre come-gatitos.
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Att: Amber Fletcher
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